De la Mezquita-Catedral de Córdoba a La Alhambra de Granada en caravana

Una vieja caravana y un pequeño grupo de viajeros que se adentran en un camino ancestral que une la mezquita-catedral de la califal Córdoba y la ciudad palatina de La Alhambra en la nazarí Granada. Un viaje inciático hacia nuestras raíces.

Por Francisco Gálvez



Estamos en la mezquita-catedral de Córdoba, un monumento patrimonio de la humanidad por el que pasaron dos millones de personas el pasado año. Concretamente, en el Patio de los Naranjos, que el poeta Ricardo Molina llamara como “una isla de sombre, silencio y perfume”.

Entramos en un recinto lleno de sabiduría ancestral, rebosante de cultura y arte en el que los fieles se sienten acogidos ante la magnánima ofrenda de los hombres al Todopoderoso. Aquí está enterrado Góngora, ante el cual no es difícil recordar aquellos versos del gran poeta del Siglo de oro a su Córdoba natal: “nunca merezcan mis ausentes ojos ver tu muro, tus torres y tu río, tu llano y sierra, ¡oh patria, oh flor de España!”.

De basílica hispanorromana a mezquita y, posteriormente, convertida en catedral, su visita no deja a nadie indiferente. Las columnas, los arcos, las capillas, el crucero… Todo en ella activa un timbre interno: la llamada de la historia y la fe, la de las civilizaciones y los imperios, la del ser humano grandioso y, al mismo tiempo, arrodillado ante lo sagrado. Una visita imprescindible.

Arrancamos la caravana, acomodamos los enseres y volvemos la vista atrás, hacia esa Córdoba milenaria cuya huella perdura eternamente en el visitante, y nos dirigimos a Montilla, en el corazón de la campiña cordobesa, donde haremos parada para probar sus afamados vinos de la denominación de origen Montilla-Moriles. Aquí nació Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán que dejó para la posteridad las famosas cuentas enviadas a los Reyes Católicos.

Aquí nos deleitamos con la rica gastronomía local, y probamos el salmorejo, el gazpacho de ajos, la cazuela de espárragos trigueros y unos riñones al Montilla que nos insufló nuevas fuerzas para continuar el viaje.

Nuestra siguiente para es Lucena, la gran ciudad judía de Andalucía, donde nos internamos por sus calles y callejones absorbiendo el legado histórico de una cultura milenaria.

Desde la caravana, ya en la carretera de nuevo, vemos cómo va cambiando el paisaje a medida que nos acercamos a Antequera, en la provincia de Málaga, donde ha salido ya el sol. Esta ciudad es una referencia histórica en el arte, la polí­tica, la cultura o la economí­a de Andalucía. Nosotros la vemos a lo lejos, rodeada por las sierras de El Torcal , cuyos dólmenes son patrimonio de la humanidad.

A bordo de la caravana paseamos por la ciudad monumental, sus palacios, iglesias, arcos, casas señoriales. Antequera merece por sí sola una visita en profundidad, pero nos aguarda nuestro destino y no nos demoramos más no sin pesar.

Desde Antequera pasamos a la provincia de Granada, pasando por Loja, hasta introducirnos en la ciudad antaño capital del último reino moro en capitular ante los cristianos.

Vamos a La Alhambra, la vieja ciudad donde los palacios y jardines son custodiados por la alcazaba. Dejamos la caravana en el aparcamiento y nos dirigimos directos a contemplar el atardecer que el presidente de EEUU, Bill Clinton definió como el más hermoso del mundo, con el típico barrio antiguo del Sacromonte a un lado y Granada al fondo, lamida tiernamente por el ocaso.

El segundo monumento más visitado de España nos recibe cálidamente, abriendo sus palacios a estos viajeros. Nos adentramos en los palacios nazaríes: el de Comares, el de los Leones y el Mexuar, escogidos por los Reyes Católicos para habitarlos y, por tanto mejor conservados

El arte destaca, el aroma a tiempos cultivados emana de las yeserías, los mosaicos nos retrotraen a otras épocas, el conjunto de los jardines relaja.

De la ciudad califal de Córdoba a la ciudad palatina de La Alhambra, en una vieja y fiel caravana nos descubre un mundo a la vez moderno y antiquísimo, un viaje cargado de emociones en cada esquina, arte en cualquier calle, cultura y sabiduría ancestral en unos caminos recorridos desde siempre y una rica gastronomía para hacer más ameno el viaje.

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