El niño del naufragio en el Mediterráneo que se cosió las notas del cole a su ropa

Convencido de que sus buenas notas del colegio serían su mejor pasaporte para el futuro, las cosió a su ropa y cruzó el mar en patera desde Mali. Su cadáver fue rescatado y una forense de Milán halló su secreto, que llegó al Papa convertido en viñeta

Tenía 14 años y había nacido en Malí. Era un buen estudiante y probablemente pensó que sus notas escolares le servirían para demostrar su valía cuando llegara a Europa. Con mucho cuidado dobló y cosió las hojas en un bolsillo interior de su chaqueta para que no se perdieran. Era el 18 de abril de 2015. Esa noche la barcaza en la que viajaba se hundió frente a las costas de Libia tragándose los sueños de este niño sin nombre y de otras 1.000 personas más, en el mayor naufragio de los últimos años en el Mediterráneo central.



«¿Con qué expectativas este chico había guardado con tanto cuidado un documento que decía que se esforzaba en los estudios, que pensaba le abriría algún tipo de puerta en un escuela italiana o europea, y que ahora se reducía a un papel empapado?», se pregunta aún incrédula la médico forense y antropóloga Cristina Cattaneo. Ella y su equipo del Laboratorio de Antropología y Odontología Forense de Milán (Labanof) fueron los encargados de estudiar un año después el cuerpo sin vida del niño para tratar, sin éxito, de darle una identidad.

Cattaneo cuenta su historia en el libro Náufragos sin rostro (Raffaello Cortina Editore), publicado en Italia, donde explica el trabajo de su equipo durante los últimos cinco años para tratar de devolver la dignidad a estos muertos sin nombre. Aún recuerda el día en que el cuerpo del pequeño náufrago llegó a sus manos. «Pesaba mucho menos que el resto de las víctimas», cuenta a Crónica. «Cuando abrimos el saco mortuorio nos dimos cuenta enseguida de que era mucho más joven». Al principio creyeron que tenía 17 años, pero concluyeron que no superaba los 14.

Era una barcaza azul con una línea blanca. En la proa, escrito en árabe aún se puede leer: «Bendito Allah». Normalmente acogía a una veintena de pescadores egipcios pero esa noche a bordo subirán casi un millar de personas. Es el 17 de abril de 2015 en un puerto cercano a Zwara, al oeste de Trípoli. Al filo de la medianoche, los traficantes libios empujan a los desesperados que han pagado un pasaje para embarcarse hacia Europa. Hay varios niños. Algunos viajan solos. Es la primera vez que muchos de ellos ven el mar. A las 19.30 de la tarde el Centro Nacional de Coordinación del Rescate Marítimo de la Guardia Costera de Roma recibe la primera llamada de socorro. Una embarcación con bandera portuguesa y marineros filipinos parte inmediatamente en su auxilio. A unos 100 kilómetros de Libia, 180 de Malta y 200 de Lampedusa, la barcaza se hunde. Sólo 28 personas lograrán ser rescatadas con vida.

La marina italiana tardó casi un mes en localizar el barco naufragado. Los primeros cuerpos fueron recuperados el 7 de mayo. Sólo unas semanas después, Cristina Cattaneo y su equipo instalarán un laboratorio forense improvisado en la base de la OTAN en Sicilia. Un año después, mientras continúan analizando los más de 500 cuerpos que las autoridades italianas han logrado recuperar, un cadáver les llama especialmente la atención.

Una funda en la tela
«El cuerpo estaba tan rígido por el frío y la masa de músculos que tuvimos que cortar la chaqueta para poder recuperarlo sin dañarlo», rememora. «Mientras palpaba la ropa en busca de alguna marca particular, noté una especie de papel cosido en la chaqueta. Era como si alguien hubiera hecho una especie de funda con la tela de la propia chaqueta para hacer un pequeño bolsillo. Me encontré entre las manos con un pequeño papel con varios estratos y traté de separarlos sin que se rompieran», recuerda. Después de casi un año sepultado en el mar a 370 metros de profundidad, no quedaba mucho de aquel niño que salió de su país huyendo de la miseria, aparte de un documento casi ilegible escrito en francés que decía Bulletin scolaire (boletín escolar)…

Algunas letras se habían borrado pero aún se podía leer en una columna, con las palabras un poco descoloridas, matemáticas, ciencias, física… «No tenemos datos del niño porque las notas no llevaban un nombre pero todos quedamos muy impactados», reconoce Cattaneo.

Antes de subirse a la barcaza, el chico de Malí tenía un rostro, un nombre, probablemente la piel oscura y el cabello rizado. Así al menos es como lo imaginó el dibujante italiano Marco Dambrosio, más conocido como Makkox, autor de una viñeta publicada en el diario Il Foglio que rápidamente se hizo viral en Italia. En ella aparecía un niño sentado en el fondo del mar al que un pulpo y un pez felicitan por sus excelentes notas: «Uau, todo dieces. Una perla rara». El dibujo llegó a manos del Papa después de que una periodista española se lo regalara durante el viaje que el pontífice realizó a Panamá en enero para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Francisco, impresionado, pidió a sus colaboradores que lo conservaran.

A un millar de kilómetros de distancia del lugar donde se produjo el naufragio, una profesora del colegio Amedeo d’Aosta de Bari decidió entregar la viñeta a cada uno de sus alumnos junto con las notas de mitad de curso. «Hemos reflexionado en clase sobre el valor que evidentemente la mamá del chico había atribuido a la cultura, visto que seguramente con sufrimiento le había dejado partir en busca de un futuro mejor, cosiendo en su ropa con orgullo los resultados obtenidos en la escuela», contó Cristina Paola Dinori. «Es un suceso que impresionó mucho a mis alumnos».

Los restos del pequeño reposan ahora en una tumba anónima de Sicilia, donde acaban la mayoría de los muertos sin rostro recuperados en ese cementerio en el que se ha convertido el Mediterráneo. Sólo el año pasado más de 2.000 personas perdieron la vida tratando de cruzarlo, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Al menos 30.000 en los últimos 15 años. Cristina Cattaneo y su equipo intentan dar un rostro a esos náufragos sin nombre desde hace cinco años. «Todo cambió para mí el 3 de octubre de 2013», reconoce. Esa noche una embarcación se hundió frente a las costas de Lampedusa dejando cerca de 400 muertos. Ya antes de aquella tragedia, Cruz Roja Internacional recibía solicitudes de inmigrantes en países europeos que buscaban en España, Italia o Grecia alguna pista de sus familiares, personas que se subieron a una de esas barcazas de la esperanza y de las que no volvieron a tener noticia.

Lampedusa fue una suerte de «experimento». Con la ayuda de la Policía científica recogieron los datos biológicos y genéticos de las víctimas y los incluyeron en una base de datos. A través de las embajadas y de algunas ONG hicieron un llamamiento para intentar localizar a los familiares en Europa y en sus países de origen. Las familias de 66 víctimas se presentaron en Roma y Milán desde Alemania, Suecia o Canadá, para ofrecer los datos ante-mortem. Más de la mitad de esos cuerpos fueron identificados. Una joven llegada desde Estocolmo reconoció su número de teléfono escrito en una libreta encontrada junto al cuerpo irreconocible de un náufrago. Era su hermano. Una gota en el desierto que animó a Cattaneo y su equipo a continuar adelante con las víctimas del naufragio de 2015, esta vez fuera del laboratorio, en una morgue improvisada en Sicilia, donde descubrieron por primera vez el cuerpo del joven náufrago de Malí. En aquel barco viajaban sobre todo jóvenes adultos y adolescentes aunque también encontraron el diente de un niño de siete años.

La secuencia de ADN no es suficiente para conocer la identidad de una persona y los investigadores buscan pistas que puedan ayudar. Fotos, cicatrices, tatuajes, un diente roto… Durante las autopsias el equipo de expertos analiza con detalle los objetos personales recuperados junto a los cuerpos, que después se acumulan entre los huesos y montañas de documentos en el laboratorio de Milán donde trabajan. Una camiseta de Messi, un teléfono móvil, fotos de familiares… hasta la cartilla de las vacunas, el carnet de la biblioteca o la tarjeta de donante de sangre. Entre las víctimas de 2015 encontraron un guantecito de Spiderman. «Si no fuera por la desesperación de tener que huir, sus cuerpos cuentan historias de vida y de humanidad muy parecidas a las nuestras». Como las notas del niño de Malí que sin embargo no han permitido hasta el día de hoy identificar al pequeño para intentar localizar a su familia. Nadie le ha reclamado.

Arena de recuerdo
Cada cuerpo cuenta su propia historia. Los eritreos, por ejemplo, suelen lucir tatuajes religiosos que se convierten en una pieza clave para descifrar el puzzle de su identidad. La mayoría viaja además con pequeños sacos de arena cosidos a la ropa. Recuerdos de una tierra que no saben si volverán a pisar. «La primera vez que los vi pensé que era droga, pero luego descubrí que eran bolsitas con tierra de su país. Me impresionó mucho porque yo también me llevo flores y recuerdos cuando visito un lugar».

Italia está a la vanguardia en la identificación de muertos. Existe un comisario extraordinario del Gobierno y un equipo multidisciplinar liderado por Cattaneo que colabora con universidades y organizaciones humanitarias como Médicos Sin Fronteras para encontrar a las familias de las víctimas. Muchas, angustiadas ante la falta de noticias, intentan ponerse en contacto con ellos. Como la madre de Eritrea que, desesperada, le dio un mechón de su pelo a un conocido que iba a cruzar el Mediterráneo para que encontrara a su hijo desaparecido, después de intentar sin éxito enviar el cabello al laboratorio a través del correo postal. «Las redes sociales se han revelado muy importantes para acceder a las fotos de las víctimas identificadas. La mayoría eran jóvenes y tenían perfiles en Facebook que nos sirven para conocer sus historias, saber de dónde vienen e incluso ponernos en contacto con los familiares», cuenta Cattaneo.

En este momento trabajan con 160 fichas de familias de posibles víctimas. Padres que buscan a sus hijos. Hijos que buscan a sus padres.Tienen identificados más de 40 perfiles genéticos. Aunque queda mucho trabajo por hacer, Cattaneo no se rinde. «Como médico, dar una identidad a quien muere de este modo es un deber. ¿Si fueran muertos europeos de un accidente aéreo no haríamos todo lo posible por identificarlos?», se pregunta. «Pero sobre todo sirve a los vivos, que de lo contrario están condenados para siempre a no saber nunca qué fue de ellos».

No se sabe con exactitud cuántas personas murieron la trágica noche del 18 de abril de 2015 junto al pequeño estudiante de Malí, pero gracias al testimonio de los supervivientes se calcula que a bordo de la barcaza viajaban cerca de un millar de migrantes. 65 cuerpos sin vida fueron encontrados apilados en la sala de máquinas del barco. Algunos estaban abrazados entre sí.

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