80 años del final de la Guerra Civil: Nada que celebrar

Publicación original del Diario El Mundo

Este 1 de abril se cumplen ocho décadas del último parte de guerra firmado por Franco: «Cautivo y desarmado…»



«En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado». El 1 de abril de 1939 Francisco Franco firmó el último parte de la Guerra Civil española. Ochenta años después, resulta paradójico que la frase más increíble de aquel texto sea la última. Ni la guerra terminó del todo entonces ni parece haber finalizado hoy.

Para el historiador Enrique Moradiellos, Premio Nacional de Historia 2017, esas palabras, «cautivo y desarmado», indican «cómo queda la mitad de España que fue vencida». Según sostiene, «se podría decir que el 1 de abril de 1939 llegó la paz… de manera relativa. Lo que llegó de verdad fue la victoria». Puesto a definir el régimen del franquismo, el autor de Historia mínima de la Guerra Civil (Turner) sostiene que es «la institucionalización de una victoria en la guerra. Eso permanece hasta la muerte de Franco».

«Dice Max Weber que el poder puede ser por elección racional (votación democrática), por tradición (herencia dinástica), o por conquista», recuerda. «Por eso Franco repite una y otra vez en sus discursos eso de ‘con el poder que emana de la victoria repetidamente conseguida’. Las consecuencias de la guerra permanecen hasta el noviembre de 1975 y el binomio Guerra Civil-Franquismo es indisoluble a efectos de análisis histórico».

Javier Rodrigo, autor de ‘Cruzada, paz, memoria’ (Comares), señala que, «curiosamente», con el triunfo de Franco «no desaparece el concepto de victoria ni de cruzada. Lo que hace es superponerse un concepto nuevo que es el de la paz, sobre todo durante el desarrollismo, y el de la legitimidad de orden, y no la legitimidad exclusivamente de origen». El historiador pone un ejemplo: «En la inauguración del Valle de los Caídos en 1959, Franco sale con un discurso ultra loco diciendo que no se puede decir que el diablo haya sido derrotado, porque al diablo nunca se le derrota».

Aun así, según Rodrigo, «el régimen reconoce la necesidad de construir un relato alternativo al de la victoria, a la que nunca renuncia. Un relato en el que la exclusión del vencido no sea una rémora constante y una especie de ‘letra escarlata’ situada sobre todos los vencidos y sus familias». Hay, insiste, «una cierta intención de incorporar al vencido a partir de una identificación del ‘etho’s como nacional y católico. Pero no es una incorporación pidiéndole perdón. Es al revés: emanándole perdón, diciéndole ‘nosotros te perdonamos’. No es que el discurso de la paz sustituya al de la victoria, es que lo subraya».

Otro experto en la materia como es Ángel Viñas indica que «después de la Guerra Civil, de aquella sangría tremenda, se abre una nueva etapa que varía, según los historiadores, del día de la derrota de las ilusiones democráticas, al día de la victoria». Viñas recupera un testimonio, citado por Francisco Espinosa, de un comandante de puesto de un pueblito de Huelva, que dice que «la guerra ha terminado, pero la campaña continúa».

Ese 1 de abril, Franco «guarda cama por primera vez en la guerra» y, desde allí, «firma la segunda ley reservada de la jefatura del Estado, en la que se asumen como deudas del Estado español los créditos obtenidos por el gobierno nacional durante la guerra a entidades de crédito extranjeras». Un sistema que Viñas ha documentado y que señala el «proceso de privatización de las ganancias, y de socialización de los costes de la Guerra Civil».

Gutmaro Gómez Bravo va más allá y asegura que el 1 de abril no hay nada que celebrar porque ese día no supone un punto final. «Realmente, la Guerra Civil no termina ahí. Terminan las operaciones militares. Pero como la propia documentación del Ejército demuestra, desde la ocupación de Cataluña lo que están es asegurando el territorio y, por lo tanto, construyendo una dictadura. En palabras militares, es el ‘tránsito del frente al territorio’. Por tanto, el 1 de abril sería la reordenación de todo eso, porque hasta el año 41 no se desmovilizan y no termina la guerra para el ejército». De igual forma, «hasta 1941-42 sigue la represión derivada de la guerra. Y todo lo que hablamos de trauma no tiene que ver con la guerra, sino con la prolongación de la misma»

Lo que sí se produce es que la palabra «guerra» va desapareciendo del lenguaje «y se va haciendo una cosa mucho más propagandística, una visión mucho más calculada hacia la equidistancia: fue un error, todos somos culpables… este tipo de cosas que están bien para el final del franquismo o la Transición, que responden a ese espíritu, pero ya no podemos sostenerlas científicamente».

Para Santos Juliá, el 1 de abril «supone la liquidación, el exterminio de toda una rica y poderosa herencia española». Todo lo que había sido «liberal, democrático, republicano, socialista, comunista, anarquista o nacionalista catalán o vasco quedó absolutamente laminado. Y fue una laminación no sólo por depuración de personal, docente o funcionarios, sino por fusilamientos que continuaron durante años». Ésa es, según él, «la verdadera quiebra de quienes se presentaron como continuadores de la única y verdadera España: haber liquidado de la manera más cruel e imaginable toda esa herencia española».

Dentro de los múltiples dramas que se suceden con el final de la Guerra Civil, los asesinatos y el exilio de los disidentes han sido los más documentados. Pero también está el denominado ‘exilio interior’ de quienes tuvieron que agachar la cabeza y convivir con su derrota. Juliá recuerda a Jordi Gracia y a su idea de «resistencia silenciosa», como la denominaba. «Es que es algo muy variado. Se ha designado así a sectores de intelectuales que encontraron su libertad de expresión totalmente cercenada y que, entonces, se dedicaron a una obra interiorista, de pequeños círculos y de encuentros muy aislados», explica. «También a disidentes, gente que estuvo con el franquismo, pero que a medida que vieron que la dictadura era para siempre, que no se volvía a recuperar un sistema de libertades ni progresivamente ni por formas evolutivas, pasaron también, si no a abrazar el ideario de los vencidos, por lo menos a mostrar sus distancias».

Además, según Viñas ese 1 de abril «está en marcha la ley de responsabilidades políticas que Franco ha firmado dos meses antes» y que implica «represalias económicas, políticas, sociales, a parte de las que entiende la justicia militar, que es desbordante». Es por eso que se crea un lugar en el que «se refugian todos los que no comulgan» con el bando franquista y que «tratan de disfrazar las creencias que han tenido», frente a «la teología de los vencedores, la victoria de la España nacional contra la ‘Antiespaña’ con todos esos males que presuntamente han llevado a España a la ruina».

Gómez Bravo, autor de un estudio titulado precisamente ‘El exilio interior’ (Taurus), apunta que «hay un campo inmenso que no se digiere, que se queda en una zona gris y resulta que es el que se ha normalizado durante cuatro décadas de dictadura. A eso se le da la explicación de que fue por causa de la guerra. Pero no es así». Afecta «a gente que no tiene responsabilidad política alguna o que simplemente es movilizada forzosamente y luego pierde su empleo o todo su estatus, sea su posición social alta o baja, dentro de la comunidad». Personas que están «criminalizadas», que el historiador considera que «es la labor más ingente que hizo el franquismo: una condena social. Porque hay un doble proceso de ocultación».

Para él, «el exilio interior no es una cuestión sólo de poetas o de creadores, sino de todos aquellos que están mal vistos, son segregados socialmente, tienen que aceptar los peores puestos y, en definitiva, entran en relaciones de subordinación. Eso es muy fuerte para una sociedad». Más allá de vencedores y vencidos, «lo que crea es una estructura, una sociedad que vuelve atrás, a señores y subordinados. En este sentido, obras como ‘Los santos inocentes’ lo reflejan muy bien». Rodrigo apunta en esa dirección cuando dice que «no todos los vencedores lo son con ‘V’ mayúscula, no todos se aprovechan de la victoria o se atornillan en los mecanismos de distribución del poder del régimen franquista».

Para Moradiellos, «el peligro es que mucha gente cree que el exilio interior es un Pedro Salinas retirándose al cultivo de la poesía en su jardín, a ver si puede abstraerse del contexto. Es una manera de verlo un poco selectiva y elitista, aunque también existió: Julián Marías es un caso claro de exilio interior. En un contexto distinto, su carrera académica habría sido diferente». Lo grave, señala, es que «una parte muy considerable de España tuvo que hacer borrón y cuenta nueva para sobrevivir. Y parte del consenso en torno al ideal de la paz, del orden, de no discutir de política que hay en la inmediata posguerra, se debe a ello».

«Lo que no puede ser es que la gente identifique todo lo que sea el pasado con algo negativo», plantea Gómez Bravo. «Es el problema del revisionismo cuando se hace más mediático». A ello hay que sumar otro problema, incide: «El tamiz político sigue indicando que tiene que haber dos visiones, porque es lo que sigue funcionando. No sé si tendrá que ver con el bipartidismo».

Con todo, «da buen rollo que se hable de estos asuntos», señala el historiador. «Otra cosa son las conmemoraciones, en las que se marcan unas cosas y no otras, que edulcoran y que suelen evitar los temas conflictivos. Pero dime tú si la guerra no es el conflicto de los conflictos. Eso también hay que asumirlo y hay que ser valiente como sociedad».

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