Hoy se cumple 38 años de la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente y cumpliría además 90 años

Félix Rodríguez de la Fuente no necesita ninguna presentación. No la necesitan los iconos grandes como él. Pocos personajes en España han tenido tanta repercusión y tanto calado en la sociedad como él. Una persona adelantada a su tiempo, que supo ver más allá, y que nos hizo amar lo más esencial.

Han pasado casi 40 años de su muerte, pero muchos españoles tienen grabado a fuego en su retina su programa estrella, ‘El Hombre y la Tierra’. Se emitía en prime time en Televisión Española, y el país se paralizaba. Una serie que reunía a abuelos, padres e hijos, todos frente al televisor para aprender de la vida. Una cabecera, un inicio mágico, tejido con majestuosidad por Antón García Abril, que provocaba un cosquilleo difícil de explicar. Emergía, de repente, el espíritu aventurero de cada uno. Y ahí estaba él, con su enigmática voz, su peinado, su sonrisa, su forma de trasmitir. El hombre entrañable que nos contaba historias como si estuviéramos en medio de un bosque con una hoguera calentándonos las manos. Fuente, Cadena Cope. 

Echar un vistazo a alguno de sus capítulos es como un eco del pasado, pero que, curiosamente, siguen siendo de rabiosa actualidad. Félix defendió a capa y espada nuestro entorno, llegó hasta el mismísimo Congreso de los Diputados para salvar al lobo o al lince ibérico. Un entorno que en aquella época ya estaba siendo maltratado, y del que nadie se preocupaba. Ahora, a niveles mucho más elevados. No hubiera habido una conciencia ecológica tan marcada si no llega a ser por él. Pero no era solo aprender del reino animal o de la naturaleza, eran los valores del respeto, la amistad, el cariño, la lealtad, entre otros muchas enseñanzas. Era profesor, maestro, compañero y narrador, todo al mismo tiempo. Era el amigo Félix. Era el amigo de los animales, el que los protegía y destacaba su vital importancia: “Cuando desaparece una sola especie animal, la hemos perdido para siempre, porque crear sólo Dios puede hacerlo”.

Un referente que dejó huérfana a toda una sociedad, sobre todo a los niños. Un accidente en avioneta en la fría Alaska -se encontraba rodando con su equipo nuevos documentales- nos privó de disfrutar más años de sus experiencias. Ese mismo día, llegó a decir que era un lugar muy bello para morir. Fue tal el impacto, aquel lejano 14 de marzo de 1980, que los propios niños -de todos los rincones de España-, decidieron romper sus huchas, con los pocos ahorros que tenían, para erigir estatuas en su memoria. A día de hoy, hay más de una veintena de esas estatuas repartidas a lo largo y ancho de nuestro país. Su mensaje sigue ahí, intacto, al igual que su legado. Así describe su biógrafo, Benigno Varillas, la mentalidad de Félix Rodríguez de la Fuente: “Tenía una arquitectura mental que se corresponde con el hombre del futuro que está por venir, magnánimo, universal, pacifista y feminista, y que podría ser la solución a los problemas actuales”. Otra de sus grandes premisas, que siempre quiso dejar clara, fue la de recuperar la esencia del pasado, como bien afirma Varillas: “Son una tribu paleolítica, no saben lo que es el hambre ni lo que es el miedo, viven de la tierra y con la tierra y que durante el paleolítico el planeta estaba ocupado por diez millones de personas y está claro que en el futuro tendrá que volver a ser así”.

Se cumplen 90 años de su nacimiento, y 38 de su fallecimiento. Para tan especial efeméride, TVE está dedicando a lo largo de la semana parte de su programación en La 2 a recordar la figura del divulgador de la naturaleza por excelencia.

El niño que nació y se crió en su amada Poza de la Sal, un pequeño pueblecito de Burgos, que tuvo como primera mascota un zorro y que aprendió un arte milenario como el de la cetrería. Durante toda su vida recordó y habló con cariño de su pueblo. Si uno pasea por las calles de este municipio de la Vieja Castilla, y se deja empapar por sus paisajes y su naturaleza, podrá entender cómo ese niño Félix se inspiró para su posterior obra. De ahí conservó siempre recuerdos de una “infancia de niño despeinado, con el rostro quemado por el sol, con el cierzo en la cara”. Después estudió medicina, hasta que vio que su destino no estaba en las consultas, ni en los hospitales. Fue así cuando decidió, finalmente, enseñarnos a amar, como ningún otro, la vida




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