El agua del Mediterráneo alcanza temperaturas de récords y supera a la de un mar tropical

La temperatura del agua ha rebasado los 30 grados en algunos puntos, 6 grados por encima de su media habitual, y sus consecuencias van más allá de la probabilidad de lluvias torrenciales.

La temperatura del agua del Mediterráneo ha batido hoy récords. De media, y según los datos arrojados por el satélite de vigilancia Copernicus, supera en seis grados su temperatura habitual hasta rondar los 29-30º, más que un mar tropical, cuya media se sitúa en los 27º, según informa el diario ABC.



Las boyas medidoras repartidas por Puertos del Estado a lo largo de la costa española también han alcanzado cotas nunca vistas: la ubicada en Cabo de Gata (Almería), por ejemplo, registró 27,93º el día 25 a las cinco de la tarde. La propia institución lo ha calificado de «récord absoluto de medición desde el año 2001».

La ola de calor extremo que recorre Europa este mes de julio no se queda en tierra; el mar también la sufre. El ambiente caribeño va de Algeciras a Estambul, pasando por Marsella.

Este aumento circunstancial y llamativo de los termómetros que se da ahora está enmarcado, sin embargo, en un contexto general de calentamiento global progresivo de esta región. Los expertos lo llaman la «tropicalización del Marenostrum».

Un fenómeno que ya ha sido identificado anteriormente por grupos ecologistas, investigadores especializados en ecosistemas marinos y, más recientemente, por los expertos reunidos en el panel de Naciones Unidas sobre el cambio climático, el conocido como IPCC.

El Mediterráneo se convertirá en el epicentro de este cambio climático, advertían, con más olas de calor, más extremas, más días de sequía, más lluvias torrenciales, más afectación de la biodiversidad… En suma, un compendio de todos los fenómenos que conlleva la radicalización del clima que se espera de seguir subiendo la temperatura global.

Pero las consecuencias de que nuestro mar llegue a las playas en formato ‘caldo’ van más allá de la dificultad para refrescarse. Aunque con un grado de incertidumbre, pueden ser más graves y más relevantes.

Por un lado, estos días Mario Picazzo, el mediático meteorólogo, llamó la atención del público al decir en sus redes sociales que después de las altas temperaturas del mar y la consiguiente concentración del vapor en la atmósfera llegarían a finales del verano las lluvias torrenciales, las temidas riadas que tanto daño hacen de forma recurrente en todo el levante español.

Otros meteorólogos como Marc Santandreu se han apresurado a advertir que un mar más cálido no es sinónimo de gota fría necesariamente. «Se tiene que dar las condiciones atmosféricas para que esto ocurra, pero lo cierto es que si se dan, hay mucha ‘gasolina’ para que así sea», explica, refiriéndose a las conocidas ‘danas’ o ‘vaguadas’.

Lo que sí señala como consecuencia más inmediata de estas altas temperaturas es que el mar pierde su condición de ‘refrigerador’ del ambiente, al alcanzar prácticamente la misma temperatura que la tierra que baña. De ahí que las noches tórridas no sean ya condición exclusiva de las poblaciones de interior, sino que se viven de manera parecida en las zonas de costa.

¿Por qué el Mediterráneo es más vulnerable? Porque, tal y como explica Óscar Esparza, doctor en Biología y coordinador del área de medio marino de la organización WWF en España, tiene una configuración peculiar, al estar confinado de alguna manera, que lo hace más vulnerable a situaciones como las que se viven en estas fechas.

Sobre las posibles lluvias torrenciales, este experto señala que en sí mismas son malas para el propio mar. «El arrastre de las avenidas de tierra provocan una contaminación adicional del medio marino», recuerda.

Pero la consecuencia más grave, cuyo alcance reconocen desconocer por el momento, es la afectación a largo plazo de muchos ecosistemas del Mediterráneo, una región que, a pesar de su tamaño, alberga uno de los niveles de biodiversidad más alto de su entorno.

«Se sabe que las altas temperaturas hacen que proliferen patógenos que afectan a especies como los arrecifes de coral (como los de la zona de Baleares) que sufren un blanqueamiento a causa de ellos; también, una mayor acidificación de las aguas hace que las conchas de zooplancton se debiliten y afecte a la pirámide trófica», enumera Esparza.

Pero si hay algo que se lleve observando décadas en el Mediterráneo es el crecimiento de poblaciones invasoras como el pez león o el pez conejo. Fue en el año 1991 cuando se observó el primero en esta región.

Estas especies encuentran ahora condiciones idóneas para su reproducción en este mar y, debido a su voracidad, se extienden a gran velocidad. Hay zonas del Mediterráneo, más próximas a Turquía, donde el 80% de las capturas son de esta especie invasora.

«Una vez que entran ya es difícil de pararlos», reconoce el biólogo portavoz de WWF, mientras recuerda que la mejor forma de que los ecosistemas mantengan su estado balanceado es contrarrestar estas especies que implican cambios con grandes zonas que estén bien conservados. «A más deterioro, más vulnerabilidad».

No se puede hablar de la pérdida de especies concretas en detrimento de estas invasoras porque la biodiversidad del Mediterráneo es muy vasta y «todos los ecosistemas -prosigue Esparza- tienen al fin y al cabo mecanismos de amortiguación. De ahí que sea difícil saber hoy cómo se habrá transformado el Mediterráneo en unas décadas. Lo que nadie duda es de que su «tropicalización ya está aquí y la consecuencias se verán a corto plazo».




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