De gemelas a gemelos: la historia de dos hermanos de Torre del Mar

La historia la cuenta este domingo el Diario Málaga Hoy

Lucas y Mateo relatan cómo ha sido la conquista de su género, en un caso del que no se conocen precedentes en España

“Lucía, cuando sea mayor, encontraré una pócima para convertirme en niño”. Lo último que Natalia, que apenas levantaba tres palmos del suelo, pensó en aquel instante es que 20 años después retomaría con su hermana la misma conversación, esta vez en una sala de hospital en la que ambas estrenarían su verdadera identidad. “Era ésta la pócima”, le susurraba mientras rememoraban su infancia, esa en la que lloraban por no querer vestir de rosa y hacían desaparecer los lazos, esa en la que fingían llamarse Felipe y Juan, aprovechando que la naturaleza todavía les permitía hacerse pasar por niños, o la misma en que contenían las ganas de ir al baño por vergüenza de coincidir con compañeras del sexo contrario al que ya sentían.

Lucía y Natalia Ocón ahora son Lucas y Mateo, dos gemelos de 29 años y vecinos de Torre del Mar que protagonizan un caso único de cambio de género en España, el primero, al menos, que hasta la fecha se ha hecho público. “Soy un hombre y, quizá, por una cuestión hormonal, no desarrollé un cuerpo masculino, pero aquí dentro hay un chico. Desde pequeño pensaba: soy un niño en el cuerpo de una niña”, asegura Mateo, que a muy temprana edad confesó a su padre que “cuando volviera a nacer” sería un varón. Siempre intuyeron que envejecerían como hombres.

Durante cinco años, los hermanos Ocón han mantenido en la intimidad el proceso de transformación, que ya han empezado a divulgar a través de un canal en YoutubeTwin Brothers– para dotar de más visibilidad a un colectivo que aún se enfrenta al rechazo social. Quieren demostrar que, tras la etiqueta de la transexualidad, existe una amplia realidad que va más allá de una mera cuestión de cromosomas o genitales. “No sé exactamente cuándo supe que quería convertirme en hombre. Simplemente, lo soy. Recuerdo que con 3 años ya lo sabía. Me pintaba los labios con una barra de mi madre y pensaba: voy a hacerlo para que se rían, porque esto es de niñas. Con 5, le dije: ‘Mamá, soy un niño”, narra Mateo.

Los gemelos nunca verbalizaron entre ellos lo que pasaba por sus cabezas. Daban por sentado que ambos habían nacido con un sexo que no se correspondía con el que sienten. Se acostumbraron, cuentan, a vivir “con otro cuerpo”, hasta que comenzó a crecer “lo que no debía”. “Eso era lo peor”, expresan al unísono. “Dormía bocabajo para que no me creciera el pecho. Me ponía vendas, utilizaba camisetas anchas. Intentaba ocultarlo”, resalta Lucas. Fuera casualidad o no, los dos dejaron de menstruar cuando todavía eran adolescentes. “El ginecólogo se preguntaba cómo podía ser que tuviéramos un nivel de testosterona tan excesivamente alto para lo corpulentos que éramos y el poco vello que teníamos”, añade Mateo.

Su médica de cabecera les abrió el camino hacia la Unidad de Trastorno de Identidad de Género (UTIG) del Hospital Civil. “Acudimos a ella y le contamos que nos sentíamos chicos. Le preguntamos si necesitábamos ayuda que se ha publicado psicológica o algún tratamiento. Nos dijo que parecía un caso de transexualidad”, recuerdan. Así daba comienzo un laborioso proceso en el que soportaron numerosas trabas por el hecho, recalcan, de ser gemelos. “Creían que estábamos influyendo el uno en el otro. A mi hermano un cirujano llegó a decirle que el resultado de la operación de pecho no iba a ser muy estético, pero que para lo que tenía… Salió llorando. Y a mí me advirtió que me quedaría una gran cicatriz”, relata Mateo. En la Unidad de Tratamiento tuvieron que “demostrar” quiénes eran y rellenar “absurdos test” con preguntas muy íntimas. “Cuando conté a unas chicas en prácticas que con 3 años yo ya sabía lo que era, me dijeron que era imposible”, denuncia. Un año después decidieron continuar el proceso por la sanidad privada. Fue, agrega, la mejor determinación, pese al desembolso económico que les supuso la operación de pecho: en torno a 4.200 euros en el caso de uno de los dos hermanos, que tuvo que pasar hasta cuatro veces por quirófano, y unos 3.000 en el del otro, que lo hizo en dos ocasiones. “El precio de la cirugía varía en función de la técnica aplicada. Al tener menos pecho, la reconstrucción es distinta”, explican. Cuatro años más tarde, el mismo tiempo que llevan ya hormonándose, ambos siguen formando parte de la lista de espera de la Seguridad Social para someterse a una intervención que ya no necesitan.

En España, hay más de 47.000 personas transexuales y unas 8.000 en Andalucía. En torno a 5.000 son menores de edad, según los datos aportados por Mar Cambrollé, la presidenta de la Asociación de Transexuales de Andalucía (ATA), que aboga por que las familias “apoyen el proceso de sus hijos y nunca se interpongan en el libre desarrollo de su personalidad”. “Los padres no pueden luchar contra algo que forma parte de la diversidad humana. Nacemos transexuales y morimos transexuales. El niño no se confunde, muchas veces los que deben aclararse son los progenitores”, subraya la portavoz.

Lucas y Mateo nunca se han sentido rechazados por su familia y menos por sus amigos, aunque reconocen que sentarse frente a sus padres fue el momento más complicado. Temían, dicen, hacerles daño y, sobre todo, que su madre se considerara culpable por no haber adoptado medidas cuando eran niños. “Ella, sin querer, lo hizo bien. Nos dejaba vestir como queríamos. Nos decía que no era normal lo que llorábamos por no querer un vestido, que lo asociábamos a las niñas. Aliviaba en nosotros esa sensación”, expresa Lucas, convencido de que si un menor con 5 años verbaliza “que es un niño o una niña”, la familia debe “escucharle” y actuar en consecuencia. En este sentido, la presidenta de ATA incide en la importancia de distinguir la orientación de la identidad sexual. “Cuando un niño está sufriendo y de forma persistente manifiesta una expresión de género distinta a la que tuvo al nacer hay un caso evidente de transexualidad”, asevera.

Los hermanos Ocón advierten que el proceso hormonal, ese que les ha obligado a atravesar por una nueva adolescencia -con acné y notorios cambios de humor-, implica avances que “no se aprecian de un día para otro”. “Es muy lento y los demás lo notan más que uno mismo”, reconoce Mateo. Ellos tienen la suerte de remar en la misma dirección. “La base de nuestra entereza es que estamos juntos en esto. Si nos hubiera ocurrido solo a uno de los dos, la historia habría cambiado. Posiblemente, yo no hubiera dado el paso”, confiesa Lucas. Una vez que se empieza, añade Mateo, no hay marcha atrás. “Tenemos que seguir hormonándonos pero, si lo dejáramos, hay cambios que no desaparecerían, como la voz, que se pondría más aguda, y el vello, que nos tardó meses en crecer”, recuerda.

El otro escollo al que estos gemelos se tuvieron que enfrentar fue el cambio de nombre en el DNI. Una gestión para la que tuvieron que esperar dos años desde que iniciaron el tratamiento hormonal. “Ya tenía barba. La Guardia Civil nos paró una vez en un control de alcoholemia. En mi documentación yo aparecía como Lucía y, sin embargo, tenía rasgos masculinos. Llevábamos un informe médico, pero tuvimos que dar muchas explicaciones”, se lamenta Lucas. El día en el que comprobaron que en su carné -y también en su libro de familia- figuraba su nueva identidad fue uno de los más emotivos de todo el proceso. “Legalmente, soy un hombre desde el 11 de noviembre de 2015”, matiza orgulloso Mateo. Tampoco olvidarán su 24 cumpleaños, ese en que se deshicieron de todos los tacones y, con estos, de su pasado. Poco después llegaron las primeras compras de ropa masculina y el corte de su frondosa melena rubia, lo que, sin embargo, a Lucas le supuso el cierre de algunas puertas del mundo laboral. “Trabajaba como azafata y no volvieron a llamarme. Hasta entonces nos vestíamos femeninas y nos maquillábamos porque nos trataban bien”, sostiene.

Diplomados en Relaciones Laborales por la Universidad de Málaga, los hermanos Ocón siguen luchando por hacerse un hueco en el mercado y se niegan a pensar que su experiencia pueda impedirles continuar creciendo. En ningún ámbito. Aspiran a formar una familia, aunque son conscientes de sus limitaciones. “Somos heterosexuales. Me preocupa plantearme una relación. Pienso que tenemos la obligación de contarle nuestro caso a la persona”, destaca Mateo. “Pero no como carta de presentación”, precisa Lucas, que asegura haberse acostumbrado a estar solo. A renglón seguido, Mateo lanza un guiño a aquellos que han nacido con “el cuerpo que quieren”. “Debe de ser la leche. Nos dicen que tenemos que ser felices porque esto es lo que hemos elegido, pero no ha sido una elección. Soy un hombre, aunque no biológico”, manifiesta. Su hermano le tranquiliza: “Somos diferentes pero eso no nos discrimina. Tenemos nuestras ventajas: sabemos muchas cosas de las chicas. Hemos vivido la sociedad desde dos puntos de vista y eso es aprendizaje”. La transexualidad, remacha, “no es un drama” ni “una historia triste”. Tampoco “está de moda”, sino que ahora existe “más visibilidad”, aunque aún no la suficiente. Cree que convendría impartir charlas en los colegios y adaptar los baños para evitar el rechazo que ellos en su día sintieron y que les ha marcado. “Entro en crisis cuando sueño que me levanto y miro en el espejo a Lucía”, sentencia Lucas

 



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Paseo Marítimo de Pte., 8, 29740 Torre del Mar, Málaga

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