La torreña Rocío Molina triunfa en la Bienal de Flamenco de Sevilla con dos espectáculos

De las tres obras que conforman una trilogía en torno a la guitarra flamenca, la torreña Rocío Molina estrenó el domingo 6 de Septiembre dos, ‘Inicio’ Uno y ‘Al Fondo Riela’ Lo Uno de lo Otro. El primero con la guitarra de Riqueni, el segundo con Eduardo Trasierra y Yerai Cortés. La tercera, según ella misma ha declarado, verá la luz más adelante, cuando la bruma con la que nos envuelve la  pandemia haya desaparecido.

Con Riqueni siguió la línea del ‘Impulso’ que presentara el año pasado en el Festival de Danza de Itálica, una suerte de baile improvisado que se propone situar en primer plano la música del maestro de la guitarra, preñada de lirismo. Vestida con un vaporoso traje blanco y sobre una lona del mismo color, Rocío juega a dibujar la poesía de la sonanta del maestro sevillano con su baile, cuajado de gestos y movimientos de manos de apariencia livianos, aunque dejan entrever un fondo de intimismo trascendental. Así, se pasea por el escenario con movimientos suaves y lentos y un andar que por momentos remite a la figura de una geisha, complaciente, dulce, mimosa y juguetona. Pero de vez en cuando se rebela y su baile se llena de vueltas, gestos y movimientos que transmiten todo un caudal de desafío y desesperación.



Ahí volvemos a tener a la Rocío indómita y enérgica cuyo poderío, por mucho que lo intente, no puede diluirse. Aunque eso es lo que quiere, y en otro momento de la obra busca la ternura aliviando con un paño mojado la frente sudorosa del guitarrista, un paño con el que previamente ella se ha limpiado de impurezas. Y cuando parecía que el discurso ya no podía dar más de sí, el maestro se queda solo para demostrarnos, una vez más, la genialidad de su toque y Rocío aparece de nuevo, y juguetona suelta las fijaciones de la loneta del suelo para, en un momento del baile, colocársela por encima. Suenan los acordes de la genial versión de Riqueni de ‘Amargura’, la marcha de Font de Anta, y la bailaora nos regala unas imágenes tan memorables como subyugadoras.

Y todavía nos quedaba por ver Lo Uno de lo Otro, ese ‘Fondo Riela’ con el que la creadora malagueña se ha propuesto dirigirse a lo esencial. De ahí que con en esta pieza, aunque siempre con su sello, Rocío nos brinda un baile con tintes clasicistas, bajo la espléndida música de las guitarras de Eduardo Trasierra y Yerai Cortés, cuyo toque, tan rotundo como luminoso, se pasea por Jerez y Morón con la misma naturalidad con la que subraya, en algunos momentos, los gestos y movimientos de manos de la bailaora en el escenario, donde predomina el negro, aunque es un negro luminoso, en el que el suelo es un espejo y las sombras recalcan la melancolía, la incertidumbre y el desasosiego que priman en el relato.

Por su parte, Trasierra demuestra su complicidad con Rocío con un toque cuajado de precisión y tecnicismo que dialoga tanto con la sonanta de su compañero como con la bailaora. Imposible con esos mimbres hacer algo que no conmueva. Y aun así Rocío logra sorprendernos y encogernos con una farruca que raya la perfección técnica y una soleá, tan clásica como singular, con una bata de cola de riguroso negro bajo la que se esconden unas medias cortas. Un guiño de comicidad que preconiza el espíritu de la escena final, cuando la creadora cambia la bata de cola y el negro por un colorido traje de corte orientalista y unos zapatos de plataforma del mismo tejido, y ataviada de esa guisa y del brazo del guitarrista acaba el espectáculo caminando hacia el fondo, dejando entrever lo que será la última pieza de la trilogía, que se queda en suspenso.

 

 

 

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