“Fermín”, el último guerrillero

Un acercamiento a la aventura de vida de un hombre consecuente hasta el final con su forma de pensar.

Por Mariló V. Oyonarte, en colaboración con Alhama Comunicación

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Con estas líneas manuscritas el día uno de abril de 1939 el General Franco dio por terminada oficialmente la Guerra Civil, después de casi tres años de lucha entre compatriotas. Una parte del país respiró tranquila -la España de los vencedores-, mientras la otra -la España de los vencidos- supo entonces que encaraba un futuro incierto. Pero aunque la nueva autoridad aseguraba que ya no habría más enfrentamientos, la realidad fue bien distinta en algunas zonas de nuestro país. El nuevo régimen instauró una rígida dictadura que fue implacable con aquellos que habían luchado a favor de la República, así como con sus familiares y simpatizantes; los que no huyeron de España tuvieron que asumir su nueva condición de “bando derrotado”, con todas sus consecuencias. Ya desde el año 1937, a medida que el ejército republicano iba perdiendo posiciones, muchos de sus soldados y partidarios huyeron a las montañas en algunas zonas de España, y allí se fueron reagrupando con la esperanza de poder seguir haciendo frente, de alguna forma, a las tropas franquistas. Del mismo modo, los que escaparon de ser condenados por los Tribunales de Guerra se escondieron -incluso dentro de sus propias casas- hasta que se calmase un poco la situación. Poco a poco, el número de huidos en las montañas fue incrementándose hasta formar grupos en algunos casos bastante numerosos. A partir del año 1944 empezaron a llegar a las sierras algunos guerrilleros bien preparados, apoyados desde el extranjero, entre otros, por el Partido Comunista, con armamento, equipos, municiones, teléfono y emisora de radio, dispuestos a reunir efectivos para enfrentarse al régimen del general Franco con la idea de derrocarlo. Estos combatientes, metódicamente instruidos en las técnicas de la guerrilla, convencieron a los hombres que se ocultaban en las sierras para ponerse bajo sus órdenes, y los reorganizaron en agrupaciones guerrilleras que durante unos años plantaron cara, y en ocasiones con bastante éxito, a las fuerzas de represión del régimen franquista, representadas principalmente por la Guardia Civil. b_580_900_16777215_10_images_stories_noticias_2015_enrique_urbano_02.jpg

Distribución de la guerrilla antifranquista en Andalucía. Archivo de José Aurelio Romero Navas

Se trataba de grupos de estructura militar muy bien organizados en batallones, compañías y grupos, que estaban integrados principalmente por excombatientes republicanos de ideología comunista, socialista e incluso anarquista, a los que también se unieron desde monárquicos contrarios a Franco hasta simples delincuentes comunes que tenían pendiente alguna cuenta con la justicia, y aprovecharon la presencia del movimiento guerrillero para pasar desapercibidos -aunque estos casos eran los menos-. A partir de ese momento comenzó otra guerra, de la que apenas llegaban noticias o partes oficiales a la población; fue una contienda silenciosa y devastadora entre el “maquis” -término que viene del francés “maquisard” y se aplicaba a los guerrilleros que lucharon contra las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial- y las fuerzas de la Guardia Civil, que obedecían a rajatabla las severas órdenes de sus mandos de acabar a toda costa con aquella rebelión. El fenómeno de la guerrilla en España fue considerado, a partir de ese momento, desde dos puntos de vista muy opuestos. Para los partidarios del General Franco y la población afín a su régimen, se trataba de grupos organizados de delincuentes armados que merodeaban por las sierras como lobos hambrientos, pensando sólo en hacer daño robando, asaltando y secuestrando, y a los que había que aplastar sin dilación. Los llamaban bandoleros, rebeldes, fugitivos e incluso vagos y maleantes; con estas calificaciones se les privaba del estatuto de prisioneros de guerra, si eran capturados vivos. Y por el otro lado, para los contrarios a la dictadura y sus simpatizantes, estos hombres “de la sierra” eran genuinos héroes en la sombra: nada menos que los maquis o guerrilleros, valerosos patriotas leales a la República que, inmunes al desánimo, continuaban, con medios muy limitados y como buenamente podían, con aquella Guerra Civil -que según el bando vencedor, ya se había terminado- pasando mil penalidades lejos de sus familias, sobreviviendo en la rigurosa intemperie de las montañas. Pero entre tan distintas apreciaciones, hay un hecho innegable y en el que todos están de acuerdo: durante los atroces años que duraron los combates entre los guerrilleros y las fuerzas del régimen franquista, en aquellas zonas que fueron escenario de estos sucesos se vivió un auténtico infierno para todos, perseguidores y perseguidos, ambos víctimas y a la vez verdugos-. Esta situación también fue muy penosa para las familias de los implicados: tantos padres y madres, esposas, hermanos e hijos, ya fuesen parientes de maquis o de guardias civiles, que tuvieron que aguantar encarcelamientos, represalias, odio y venganzas personales, además de vivir con la incertidumbre de no saber si volverían a ver a los suyos; que levantaban, desolados, la mirada hacia las montañas preguntándose en qué lugar estarían luchando a vida o muerte, quizá en ese mismo momento, agazapados en las zonas más inaccesibles de la Almijara.b_580_900_16777215_10_images_stories_noticias_2015_enrique_urbano_03.jpg

Agrupación Guerrillera Málaga-Granada, en 1948

En las sierras de Tejeda, Almijara y Alhama solía operar la “Novena Agrupación Guerrillera”, también conocida como “Agrupación Guerrillera Granada-Málaga” -formada básicamente por activistas de estas provincias- o “Agrupación Guerrillera Roberto” -que era el nombre de guerra de su jefe, José Muñoz Lozano-. Desde su formación en el año 1946 hasta su disolución en 1952, este grupo fue conocido por ser uno de los más activos del país. Roberto fue un dirigente experimentado, inflexible, inteligente y a veces también cruel, al que sus hombres admiraban y temían por igual, que consiguió reunir bajo su mando, en los mejores tiempos de su agrupación, a más de 150 combatientes. Uno de sus hombres fue nuestro protagonista, Enrique Urbano Sánchez, cuyo nombre guerrillero era “Fermín”.

Enrique nació el siete de julio de 1924 en Río de la Miel, un asentamiento de caseríos y cortijadas que se extiende a lo largo de un amplio barranco con el mismo nombre cerca de Maro, muy próximo al límite provincial entre Granada y Málaga. En una casita cerca del antiguo Molino de Papel, que aún existe y goza de unas extraordinarias vistas del mar al frente y de las montañas almijareñas a su espalda, pasó Enriquito -así lo llamaba su madre- sus primeros meses de vida. El Río de la Miel es un bonito lugar con abundante agua y fértiles tierras de cultivo, que por su intrincada geografía y su cercanía a la costa se convirtió en tiempos de la posguerra en un sitio frecuentado por contrabandistas. También fue utilizado por los guerrilleros antifranquistas, que aprovecharon el incómodo acceso por mar a estos parajes para llevar a cabo algunos desembarcos de armamento y munición procedentes de África.

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La abrupta línea costera del Río de la Miel

Enrique era el único hijo de Ignacia Sánchez Morcillo y Enrique Urbano Muñoz. Su padre, oficial del Cuerpo de Carabineros de la República, fue trasladado a Palma de Mallorca cuando el niño tenía catorce meses, y el pequeño Enriquito tuvo así la oportunidad de estudiar allí en un buen colegio, donde terminó el Bachillerato de la época con excelentes calificaciones, ya que era un chico muy inteligente y de naturaleza curiosa. Pero el comienzo de la Guerra Civil y el inmediato encarcelamiento de su padre por sus ideas políticas trastocaron su brillante futuro como estudiante de provecho. Cuando finalmente se excarceló a su padre, también se le desposeyó de su grado militar y por lo tanto de su empleo, con lo cual, el 29 de junio de 1941 la familia se vio obligada a volver a su lugar de procedencia en Río de la Miel para intentar continuar con sus vidas.

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Paraje del Río de la Miel

Al poco tiempo comenzó el movimiento de guerrilleros en aquella zona, y la familia de Enrique, que efectivamente tenía algunos miembros huidos entre “los de la sierra”, fue inmediatamente sospechosa de ofrecerles cobijo y alimento. Las continuas presiones y amenazas -incluido el maltrato físico- que sus padres y él mismo recibían por parte de la Guardia Civil para que delatasen a algunos, llegaron a hacerse insoportables. En 1947, cuando contaba veintitrés años, Enrique Urbano hijo, cansado de ver y soportar tantas vejaciones, decidió unirse a la causa guerrillera. La sufrida Ignacia, como cualquier madre, intentó impedirlo a toda costa, pero el muchacho ya estaba decidido. Para cuando deportaron a toda la familia a La Línea de la Concepción como castigo adicional, Enrique -que decidió llamarse “Fermín” a partir de entonces, como nombre guerrillero, por haber nacido un siete de julio- ya se había marchado a las montañas.b_580_900_16777215_10_images_stories_noticias_2015_enrique_urbano_06.jpg

Los alrededores del Cerro Lucero fueron una de las zonas más frecuentadas por los maquis

Fermín asumió su nueva identidad y su condición de guerrillero plenamente convencido de lo que hacía, permaneciendo en la sierra desde 1947 hasta el final de la lucha, en 1952. En esos cinco años tuvo que habituarse a soportar la difícil existencia de un combatiente, viviendo a la intemperie durante todo el año y aguantando la rígida disciplina militar de su agrupación; a mantenerse en continuo movimiento, a acatar la norma general de guardar silencio ante todo lo que veía y a saber que sería ajusticiado si desertaba o delataba a algún compañero; a no conocer ni el nombre de sus enlaces, a no tener contacto con su familia ni con mujer alguna; a no beber alcohol bajo ninguna circunstancia ni fumar mientras estuviese de guardia o fuese de noche; a no dormir tranquilo ni de día ni de noche y a tener que estar listo en todo momento por si había que salir corriendo; a temblar de frío en invierno y cocerse de calor en verano, a comer comida caliente sólo en contadas ocasiones, y a no desmoralizarse ante las derrotas o la muerte de sus compañeros. Pero en la sierra también aprendió mucho sobre el compañerismo y la solidaridad, no sólo en los momentos más duros sino también cuando, en sus ratos de descanso o inactividad, se enseñaban a leer y escribir unos a otros, intentaban animarse mutuamente contando chascarrillos o se leían en voz alta, para que todos pudiesen oírlos, el “Manual del Guerrillero” y los “Episodios Nacionales” de Pérez Galdós.

La “Novena Agrupación Guerrillera”, a la que Fermín pertenecía, no sólo actuaba en la Almijara, sino que también se trasladaba cuando era necesario a puntos de Cazorla y Sierra Nevada. Pero con el paso de los años, la situación se fue volviendo cada vez más complicada para el movimiento guerrillero. La dureza de sus condiciones de vida unida a la falta de apoyos tácticos y económicos por parte del exterior, al gran número de bajas por muertes o encarcelamientos y al recrudecimiento de las medidas tomadas por la Guardia Civil y sus refuerzos provenientes de África, aumentaron las deserciones entre sus filas. El ambiente entre los mismos guerrilleros se volvió tan tenso y desconfiado que sus mandos ordenaron el ajusticiamiento inmediato de los compañeros sospechosos de huida y delación. La situación tocó fondo cuando el jefe de la agrupación, el histórico “Roberto”, abandonó la sierra y se marchó a Madrid, donde terminó detenido, encarcelado y delatando a sus propios hombres. El famoso conjunto de guerrilleros que había dirigido hasta entonces quedó prácticamente desarticulado por el masivo abandono de sus miembros para entregarse a la Guardia Civil, dado el evidente fracaso de sus expectativas de derrocar al régimen franquista.

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José Muñoz Lozano, alias “Roberto”

Sólo quedaron unos cuantos guerrilleros, derrotados y desanimados, escondidos en un cortijo de la Sierra de Lújar, de los cuales seis decidieron no entregarse a las autoridades e intentar escapar a Francia, en un último intento por no renunciar a su libertad. Entre aquellos hombres estaba también Fermín. Contaban con doscientas ochenta mil pesetas que habían conseguido mediante un secuestro para disponer de fondos económicos, y ante la desesperación de verse en una situación sin salida, finalmente se decidieron a emprender la arriesgada odisea de atravesar España entera a pie, con la única ayuda de un mapa escolar sacado de una enciclopedia de Grado Medio y un palito que usarían para ir calculando las distancias.

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Recorrido que siguieron los guerrilleros en su huida a Francia. Croquis de José María Azuaga

Caminaron durante más de mil kilómetros, en un éxodo que duró cien días con sus noches: desde el seis de junio de 1952 hasta el catorce de octubre del mismo año. Su profundo conocimiento de las tácticas guerrilleras de supervivencia fue crucial para el éxito de tan larga travesía, aunque ellos mismos reconocían -al recordar su aventura años después- que también tuvieron mucha suerte. Siempre se desplazaban campo a través, buscando las zonas menos pobladas y aprovechando las horas nocturnas salvo cuando había niebla; se servían de la Osa Mayor y otras constelaciones que conocían para orientarse, y cuando estaba nublado y no podían ver las estrellas, sencillamente no se movían del sitio. Solían vestir ropas oscuras, marchaban en fila india, iban en completo silencio y sin fumar para no delatar su posición, cruzaban los ríos a nado por evitar los puentes… por fin, tras mil vicisitudes, alcanzaron la frontera con Francia con casi doscientos guardias civiles tras su pista. Pero ellos ya eran libres.

Una vez en el país vecino, se entregaron a las autoridades en la primera gendarmería que encontraron, describiendo con detalle los motivos y pormenores de su huida. Tras contrastar aquella información, el gobierno francés les concedió el estatuto de refugiados políticos, e incluso la misma policía se encargó de buscar trabajo para aquellos seis exiliados andaluces.

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Cuando llegó a Francia, Enrique envió esta foto dedicada a sus padres, para que supieran que estaba bien. Archivo de José Aurelio Romero Navas

Enrique Urbano Sánchez -que ya no volvió a utilizar el nombre de “Fermín”- vivió tranquilo en Francia durante veinticinco años. Aunque mantuvo algunas relaciones, nunca se casó. Y si bien es cierto que consiguió establecerse y ser feliz allí, a menudo también sentía los familiares síntomas del “Mal del Mediterráneo”, es decir, la nostalgia de su tierra y su familia. Por eso, cuando finalmente volvió la democracia a España y con ella la amnistía del año 1977, Enrique no lo pensó dos veces y decidió regresar a casa. Después de un viaje muy distinto al que había realizado tantos años atrás, la tarde del 24 de diciembre de ese mismo año pudo volver a abrazar a sus padres, que ya estaban muy mayores. Con ellos se recogió en la vivienda familiar del Río de la Miel hasta que ambos murieron, y después de eso Enrique siguió adelante, ya en soledad y en plena decadencia física también. En sus últimos años llevó una existencia muy humilde y retirada allá en su casita, pescando en el mar, paseando con su perro y recibiendo generosa y amigablemente a todos aquellos que fueron a visitarlo -en bastantes ocasiones, además- con gran interés por escuchar sus historias de guerrillero de la sierra, o su extraordinaria aventura caminando a través de toda España con la Guardia Civil pegada a sus talones.

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Enrique a mediados de la década de los años noventa. Foto de José Aurelio Romero Navas

Tenía una memoria portentosa y un extraordinario don de palabra, además de escribir muy bien. Le gustaba relatar con gran detalle sus experiencias como uno de “los de la sierra”, y sus valiosos testimonios -tanto orales como escritos, pues Enrique dejó algunos apuntes de su puño y letra en viejos cuadernos y hojas sueltas donde narraba algunas de sus vivencias, e incluso revelaba su forma de pensar- han servido para documentar importantes libros de diferentes autores, numerosos artículos en periódicos y revistas e incluso algún reportaje de televisión, todos ellos relacionados con el fenómeno de la guerrilla durante la posguerra española.

Enrique murió en el verano del año 2001. Sus restos descansan en el cementerio de Nerja junto a los de sus padres -la única familia que conoció-, frente al mar y a la sombra de su otra casa, las cumbres de la sierra de la Almijara.

Han pasado casi sesenta y cinco años desde que la guerrilla terminó, pero su recuerdo aún perdura, sobre todo en las personas que la padecieron. El movimiento guerrillero se enfrentó con decisión a una férrea dictadura, aun cuando sus posibilidades de éxito eran escasas; por su parte, el régimen de Franco llevó a cabo una durísima persecución sobre aquellos que ponían en peligro el orden establecido tras la Guerra Civil. Como en todas las guerras, unos y otros esgrimieron sus razones ideológicas para actuar como lo hicieron, y combatieron entre sí -con mayor o menor acierto- actuando conforme consideraron que era lo justo, dado el complejo momento histórico que les tocó vivir. Enrique Urbano Sánchez, alias “Fermín”, fue sencillamente uno de ellos.

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Enrique dejó algunos testimonios escritos que revelan parte de su personalidad. Foto de José Luís Hidalgo

Según relataba, antes de entrar en combate -incluso en los momentos más difíciles- los “de la sierra” solían entonar el “Himno Guerrillero”, porque hacerlo les infundía ánimos. La letra decía así:
“Por llanuras y montañas
guerrilleros libres van,
los mejores luchadores
del campo y de la ciudad.
Su bandera de combate
con su manto cubrirá
a los bravos paladines
que en la lucha caerán.
Ni el dolor ni la miseria
nos harán retroceder,
seguiremos adelante,
nuestra consigna es vencer.
Nuestros jefes nos ordenan
atacar para vencer,
venceremos al fascismo
sin jamás retroceder.
Venceremos al franquismo
en la batalla final,
camaradas, muera Franco,
viva nuestra libertad.”

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Enrique descansa junto a sus padres, en el cementerio de Nerja. Foto de José Luís Hidalgo

Agradecimientos:
Gracias a los testimonios Juan Fernández (Vélez Málaga), José Aurelio Romero (Málaga), José María Azuaga (Motril) y Manuel Valero (Nerja).
Colaboración y fotografía, Carlos Luengo Navas.



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