El “obispo” de El Acebuchal

Por Mariló V. Oyanarte en colaboración con Alhama Comunicación.

Más allá de las sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, hacia el sur, se extiende el mar. A la vista de todos está muy cerca; para comprobarlo no hay más que subir a cualquiera de las cumbres que demarcan el límite de provincia entre Málaga y Granada -la imponente Maroma, el Lucero con su picuda silueta, el redondeado y distante Navachica- o ascender por su sendero a los históricos puertos de montaña de Cómpeta o Frigiliana para toparse al coronarlos, casi de repente, con ese inmenso horizonte azul que es el Mediterráneo.

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Desde el Arroyo de los Colmenarejos

No podría decir qué margen de estas montañas es más bonito, porque si la parte norte -la granadina- es verde y frondosa, la parte sur -la malagueña-, soleada y aparentemente más árida, tiene a cambio esas preciosas vistas al mar. Es allí donde las enormes lomas almijareñas y sus veredas van cayendo sin tregua desde las alturas más escarpadas hasta hundirse en la misma orilla del mar, formando suaves playas de arena, calas recónditas y vistosos acantilados. Los ríos de esa zona de la sierra -Chíllar, Higuerón, Río Verde, Patamalara, Río de la Miel…- son también, como los de la granadina, transparentes cursos de aguas color turquesa y lechos formados por arena blanca; los mismos de los que proceden las piedras que durante muchos años sirvieron para hacer la cal que dio fama a los pueblos blancos andaluces.

En ese otro lado de la Almijara -el marinero- las montañas también están salpicadas de antiguas cortijadas que en otros tiempos fueron sitios importantes, ya fuese por su situación estratégica y actividad incesante, como la antaño renombrada Venta de Panaderos, o por la riqueza de sus tierras, como el Cortijo del Daire o el Cortijo del Imán. Y por supuesto, también están sus pueblos: los que componen la Axarquía malagueña, esos primorosos y turísticos conjuntos de casitas blancas asentadas en la falda de los montes con espíritu serrano a la vez que marinero, porque para su subsistencia, hasta la llegada del turismo en masa, sus gentes han dependido desde siempre de la montaña y del mar.

Hay muchas rutas que franquean Tejeda, Almijara y Alhama desde la provincia de Granada a la de Málaga, siguiendo los ondulantes senderos trazados desde tiempos inmemoriales que comunicaban las dos vertientes de estas montañas, y que cumplían no ya sólo una función económica sino también social, al facilitar el intercambio comercial y cultural entre las poblaciones a un lado y otro de la sierra. Algunas de esas rutas, afortunadamente, vuelven hoy a cobrar vida y a figurar en los mapas gracias al senderismo y montañismo, que toman como guía antiguas sendas como la que va desde Játar a Cómpeta a través del Puerto de Cómpeta, o la que lleva de Fornes a Frigiliana, cruzando el Puerto de Frigiliana.

Me gusta pensar que Tejeda, Almijara y Alhama no han supuesto nunca una barrera entre los pueblos, sino más bien otra vía de comunicación, más complicadilla quizá, pero también con su propia idiosincrasia.

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Vista de Frigiliana

Cuando llegué a la Almijara por primera vez mis actuales compañeros de rutas ya la conocían bien; ellos, cada uno a su manera, en solitario o en grupo, llevaban años recorriéndola y dándola a conocer. Con el paso del tiempo -y una vez hechas las excursiones clásicas de estas sierras- nuestros recorridos fueron haciéndose cada vez más largos y complejos, a la par que quisimos saber más sobre las veredas antiguas y la historia de los lugares por los que pasábamos, ya con un interés concreto que iba más allá del mero hecho de andar; un proyecto que esperamos ver pronto convertido en realidad. Gracias a esas incursiones de investigación hemos ido trabando conocimiento, y en algunos casos también amistad, con muchos habitantes de estos lares; entre ellos está el matrimonio formado por Aurelio Torres Sánchez y Rosario Martín Cañedo, que viven en Frigiliana.

Conocimos a Aurelio el verano de 2013, durante las fiestas anuales de El Acebuchal en honor a San Juan. El ayuntamiento de Frigiliana había organizado en la aldea, como cada año, una misa y un desayuno para los mayores, acto al que acudieron muchos de los primitivos habitantes de El Acebuchal y sus alrededores. Y allá que fuimos nosotros también, pues teníamos interés en hablar con cuantas personas pudiésemos conocer que hubiesen vivido en aquella zona de la Almijara. Ese día se hicieron realidad algunos de nuestros “sueños” al tener la oportunidad de charlar con antiguos vecinos del cortijo del Imán, de la venta de Panaderos, del cortijo del Daire y de la aldea del Acebuchal, entre otros.

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Aurelio Torres, “el obispo”

Aurelio apareció en escena mientras hablábamos con otra persona; no recuerdo quién nos lo presentó. “Me llamo Aurelio Torres, pero aquí todos me conocen más bien como el obispo, como a mi padre y mi abuelo”, nos dijo sonriendo. Cuando supo que buscábamos información sobre aquella parte de la sierra, este hombre vivaz, dicharachero y hablador se ofreció a ayudarnos en el acto. Nos llevó por entre las calles empedradas y cuidadosamente restauradas de la aldea, mientras nos relataba con una memoria asombrosa los nombres de cada uno de los vecinos que habían vivido en las casas por las que íbamos pasando, hasta que llegamos a la que había sido la vivienda de su familia, que está situada en el centro del pueblecito. Todos la conocen por la “casa escuela”, pues este fue el único lugar en el que -aunque fue sólo durante diez años- hubo una maestra en El Acebuchal. Nos describió con legítimo orgullo cómo su abuelo levantó esta casita con sus propias manos entre los años 1913 y 1915 -precisamente este verano ha cumplido un siglo en pie, como el Platero y yo de Juan Ramón-. Me llamó la atención su forma de hablar, pues Aurelio cuenta las cosas con un entusiasmo que yo pocas veces he visto en personas de su edad.

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La casa escuela

Según pudimos saber, el abuelo de nuestro amigo Aurelio era analfabeto y por ello su mayor deseo era que los suyos pudiesen aprender “por lo menos a leer, a escribir y a hacer las cuentas”. Así que un buen día se fue al vecino pueblo de Cómpeta, término municipal al que pertenece El Acebuchal, y pidió audiencia con el alcalde para hacerle una firme propuesta: “Alcalde, si usted nos manda una maestra para nuestros niños, yo me comprometo a construir una escuela y una vivienda para ella”. En cuanto obtuvo los permisos se puso manos a la obra y no paró hasta que, dos años más tarde, terminó aquella casita de dos plantas con una escalera exterior -la planta superior para las clases y la inferior para el uso particular de la maestra-. Tuvieron que pasar otros dos años hasta que por fin, en 1917, llegó a El Acebuchal la primera maestra rural en la historia de esa aldea. Se llamaba doña Emilia, y trabajó allí hasta 1920, año en que la sustituyó doña Dolores. La nueva educadora enseñó a los niños acebuchareños de 1920 a 1923, y por último llegó doña Ana, que impartió sus clases desde 1923 a 1927, año en que la pequeña y efímera escuela -por distintas circunstancias- cerró definitivamente su única aula.

Aurelio nació en esa misma casa muchos años después, en 1946. En aquella época El Acebuchal seguía siendo una aldea sencilla cuyos vecinos vivían principalmente del cultivo de sus tierras, de las cabras y del aprovechamiento de los recursos que les ofrecía vivir al pie de la sierra de la Almijara: caza para alimentarse cuando la comida faltaba en las casas, madera para hacer leña y carbón, piedras para fabricar la cal, plantas aromáticas de las que extraer esencias y aceites, esparto con el que confeccionar utensilios… además, cuando llegaba la temporada, los hombres jóvenes y fuertes marchaban a Nerja para cortar la caña de azúcar. El Acebuchal quedaba entonces vacío de hombres, mientras en las casas los esperaban pacientemente las mujeres, los abuelos y los niños.

Pero desgraciadamente llegaron malos tiempos. Tras la Guerra Civil española aquella zona, al igual que toda la comarca que rodea las sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, quedó sumida en el horror que supusieron los enfrentamientos entre la “resistencia maqui” o guerrilla antifranquista y las fuerzas del orden de la época, representadas por la Guardia Civil. La aldea de El Acebuchal quedó, como diría años más tarde el periodista británico David Baird, “entre dos fuegos”: los que cruzaban los guerrilleros o “gente de la sierra” que se ocultaba en esas montañas, y los miembros de la Guardia Civil. Tan difícil llegó a ser la situación que en agosto del año 1948 se ordenó a la población de El Acebuchal que abandonase el lugar hasta que cesaran los combates. Todos los habitantes de la aldea tuvieron que dejar sus casas en pocas horas e irse de allí con el tiempo justo de recoger sus animales y enseres más imprescindibles; presas de la desolación se marcharon todos camino de Frigiliana, Cómpeta y otros lugares cercanos donde familiares y amigos les dieron cobijo.

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Una calle de El Acebuchal

La familia de Aurelio -entonces él era un niño de apenas dos años- también se marchó de allí y se estableció en Cómpeta hasta que todo terminó, en el año 1952. A partir de 1953, muchos acebuchareños fueron volviendo paulatinamente a su pueblecito para retomar sus vidas en el punto en el que las habían dejado cinco años atrás. Arreglaron sus viviendas, recuperaron sus tierras e intentaron seguir adelante, pero la pobreza aumentaba sin remedio en los ambientes rurales y la población se vio obligada a emigrar. Cuando Aurelio cumplió los 18 años también decidió buscarse la vida fuera de El Acebuchal; cumplió el servicio militar entre Almería y Málaga, donde aprendió a leer y a escribir, y a su debido tiempo se casó con una muchacha de Frigiliana: su Rosario, que “era una pimienta, de zalamera y bonita”, como él mismo dice. En el año 1964 su familia abandonó definitivamente El Acebuchal; ellos fueron de los últimos que se marcharon.

Durante los años siguientes y hasta mucho tiempo después, el lugar quedó convertido casi en un pueblo fantasma, cada vez más derruido pero nunca olvidado, hasta que algunos descendientes de los antiguos vecinos se animaron comenzar el lento proceso de restauración de aquel rincón tan querido para ellos. Los pioneros en esta aventura fueron Virtudes Sánchez y su marido, Antonio García “el zumbo” que, basándose en fotografías antiguas y en los recuerdos de sus familiares y conocidos, fueron reconstruyendo poco a poco algunas casas, hasta que finalmente otros vecinos se animaron también y volvieron los ojos a su antiguo lugar. El Acebuchal comenzó poco a poco a emerger de sus ruinas, y con paciencia y mucho trabajo por parte de todos las antiguas calles y placetillas, las casas y hasta la nueva capilla han ido recuperando no ya el aspecto que antes tuvieron, sino otro bastante mejor, renovado y cuidado como debe ser un lugar de descanso: justo en lo que se ha convertido ahora ese paraje.

Aurelio y su familia también se pusieron manos a la obra y, desde el verano de 2005, la antigua casa escuela vuelve a estar abierta y en uso, sólo que, al igual que muchas otras de las casitas de El Acebuchal, ya no es la vivienda usual de la familia. Ahora se dedica al alquiler para quienes buscan relajarse en una zona tan bonita y bien situada como es aquella -al pie de la montaña y a un paso del mar-, frecuentada hoy no sólo por los descendientes de los acebuchareños, sino también por turistas de todas partes y por multitud de montañeros enamorados de aquellos senderos.

Parece que fue ayer, pero ha hecho ya dos años que conocemos a Aurelio y a su mujer, Rosario. ¡Cómo pasa el tiempo…! Aurelio, tan servicial y alegre, acompañándonos siempre que puede y animándonos en nuestras investigaciones, no sólo sobre los antiguos caminos almijareños, sino también sobre los nombres de los primitivos cortijos y lugares de interés que están a punto de ser olvidados por el paso del tiempo, así como sobre las gentes que habitaron esos sitios y los hechos que sucedieron allí. Aurelio y su empeño por conservar todo lo antiguo “para que no se pierda”, como él dice; que creó el “Museo del Obispo” en uno de sus terrenos de Frigiliana, donde ha ido atesorando durante años desde sencillas colecciones de vasos y loza hasta valiosas fotos antiguas; desde sombreros y vetustos aperos de labranza hasta interesantes documentos sobre la historia de Frigiliana, todo rescatado de los lugares más insospechados. Aurelio y esa generosidad suya que lo ha llevado incluso a mantener, en el lugar donde murió un cazador local por accidente hace casi un siglo -la Cruz de Simón- una fotografía plastificada del finado, para que su memoria no quede sin cara y sin nombre ante quienes pasan por ese lugar.

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Aurelio en la Cruz de Simón

Sí, hemos conocido buena gente en el entorno de estas sierras; qué suerte la nuestra por tener la oportunidad de tratar con todos ellos. Gracias, Aurelio, por contagiarnos tu entusiasmo de niño y tu afán por evitar que algunas cosas caigan en el olvido. Y gracias por haber compartido con nosotros, que hasta no hace mucho éramos para ti perfectos desconocidos, tantas historias, curiosidades e incluso alguno de los muchos secretos -¿cuántos quedarán aún por revelar…?- que atesora nuestra querida, para ti igual que para nosotros, sierra de la Almijara.

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De izquierda a derecha Mariló, Manolo, Aurelio, Joseíllo, Rosario y M.Carlos

Fotos de Manuel Carlos Luengo Navas.



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