El Diario El País se hizo eco de nuestro patrimonio artístico con la publicación “Para visitar el patrimonio mudéjar de este pueblo pregunte por Angelina”

Publicación Original El País 28 de Noviembre de 2018

Uno de los principales atractivos de la Axarquía es la denominada Ruta Mudéjar. Incluye el alminar de Corumbela, así como la huella árabe de otros cinco municipios separados por una veintena de kilómetros e infinitas curvas. Los principales monumentos son torres árabes que ejercen de campanarios sobre las iglesias que sustituyeron a las mezquitas cuando la zona fue conquistada por los cristianos en 1487. Tienen en común el uso de ladrillo, yeserías y cerámica vidriada. También que en todos los casos son los propios vecinos quienes guardan copia de las llaves y los responsables de mostrar los tesoros a los pocos turistas que se aventuran por la zona. “Es la forma tradicional en la que se han hecho siempre las cosas en los pueblos”, explica Antonio Jesús Pérez (PP), alcalde de Sayalonga, núcleo urbano de 1.579 habitantes al que pertenece la pedanía de Corumbela. “No podemos poner una persona del Ayuntamiento permanentemente, pero Angelina siempre está ahí”, añade el alcalde.

Los recursos públicos son escasos en estas pequeñas localidades al pie del Parque Natural de las Sierras Tejeda, Almijara y Alhama. “A pesar del patrimonio que tenemos, nunca se ha apostado fuerte por el turismo”, cuenta Laureano Martín (IU), alcalde de Arenas (1.190 habitantes). En dicho municipio es Isabel, que vive frente a la iglesia de Santa Catalina Mártir, la encargada de las llaves, aunque preguntando en la plaza siempre se da con alguna otra persona que las tiene. Y en la pedanía de Daimalos, donde solo residen 24 personas, son las hermanas Elsa y Regina quienes enseñan desde hace décadas el templo dedicado al Santo Cristo de la Salud. Su alminar, del siglo XIII, será restaurado el año que viene. “Para entonces esperamos también contar con una oficina de turismo gracias a una subvención de la diputación provincial y poder concertar rutas guiadas”, indica el regidor que destaca la importancia que para la economía tienen las visitas turísticas.

A escasos 10 minutos por una carretera sin rectas se ubica Árchez. Sus blancas calles huelen a puchero y potaje de hinojos. También a chimenea. En ellas apenas hay rastro de los 405 vecinos que, en teoría, residen en el pueblo. “La mayoría son extranjeros. Van y vienen por temporadas”, cuenta Dolores Moyano. El documento oficial de la Diputación Provincial de Málaga explica que para visitar la iglesia hay que “preguntar por Amanda o Carmelina en plaza Alminar”. Sin embargo, es ella quien se encarga de abrir la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación. Su disponibilidad depende de la hora y el día. “No puedo estar siempre”, explica la mujer, que vive justo enfrente del templo. Al abrir la puerta encuentra una factura de Iberdrola en el suelo. “Mira, ya ha llegado la luz”, dice sonriente mientras la recoge y espera a que los turistas pasen. El recinto es tan humilde como el pueblo. Cuenta con apenas 22 bancos (“y sobran, para una docena de personas que van a misa”) y algunas sencillas imágenes como las de San Antón y San Sebastián, a ambos lados de la Virgen. Destaca, eso sí, una moreneta que un vecino trajo de Barcelona “cuando volvió de trabajar allí muchos años”, asegura Dolores, que en cinco minutos informa de las novedades locales.

En la parte trasera del edificio existe un alminar del siglo XIV que tiene acceso independiente. Dar con su llave resulta más difícil, aunque basta preguntar en el Covirán. En Árchez todos los caminos llevan hasta este supermercado, que hace las veces de plaza del pueblo y posee un curioso techo de yeso que le asemeja a una cueva. Desde allí se moviliza a los vecinos hasta que alguien puede abrir el viejo torreón, declarado monumento histórico-artístico del patrimonio nacional en 1979, para mostrarlo a los visitantes. Considerado como uno de los mejores ejemplos de arquitectura almohade en el sur de España, recuerda a La Giralda sevillana, aunque en color albero. Posee una escalera en espiral para subir al campanario añadido por los cristianos a principios del siglo XVI. Un panel junto a su entrada explica que puede subir “cualquier persona en edad de merecer o soltero”.

Salares es otro de los pueblos más pequeños de la provincia de Málaga con 175 habitantes censados, aunque muchos de ellos viven en Torre del Mar y otros puntos de la Costa del Sol Occidental. A sus 80 años, Esperanza Fernández guarda la llave —que heredó de sus padres— de la iglesia de Santa Ana, que aún conserva su alminar de ladrillo rojo construido entre los siglos XIII y XIV y ha sido restaurado recientemente. “Venga, que os la enseño”, dice a quien llama a las puertas de su vivienda de la calle Puente, que acaba en un bonito puente romano. Mientras llega, recomienda visitar el patio de la antigua mezquita. “¿Es bonito o no?”, pregunta con una sonrisa de orgullo en la cara. “A los forasteros les encanta”, responde ella misma.

Con dificultad, Esperanza abre la puerta del templo, que es prácticamente una extensión de su casa. Es oscuro y con olor a humedad. La mujer se sienta en uno de los bancos y señala el bonito artesonado de madera de estilo mudéjar del techo y un mural dedicado a la patrona del municipio, Santa Ana, realizado por el pintor Moreno Ortega hace dos décadas. A su lado hay una imagen del patrón, San Antón, con el tradicional cochinillo a sus pies. Hace poco instalaron ventiladores en las paredes “porque el cura es muy caluroso”, cuenta la anfitriona mientras llega Manolo, otro de los vecinos que puede abrir la iglesia y que se encarga también de cuidar las imágenes de los santos. “Con ellos es todo mucho más fácil. Ayudan muchísimo a fomentar el turismo en el pueblo”, añade Pablo Crespillo, alcalde de Salares.

Muy cerca, en Sedella, hay que preguntar en los alrededores de la iglesia para poder visitarla, aunque lo más interesante del municipio es la Casa Torreón, que conserva en su parte más alta la arquitectura mudéjar y está decorado con ornamentos de estética morisca. “Una vecina abre la puerta, otra toca la campana y otras muchas se encargan de su mantenimiento para que siempre luzca perfecta”, destaca Francisco Abolafio (IU), alcalde de la localidad. Como tantas otras personas de estos pueblos, han hecho de las iglesias y sus alminares una parte más de sus viviendas.

 

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