Ponceña, Stofer o Valkiria, conoce de cerca las aves rapaces que sobrevuelan la sierra de la Axarquía

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Esta es la mirada de oro -¿o de fuego?- de “Ponceña”, un azor hembra de tres años de edad. Resulta imposible no maravillarse ante la profundidad de esas pupilas anaranjadas; inevitable no experimentar atracción hacia esos ojos fijos, hipnóticos y un punto inquietantes, que tan temibles deben resultar para los animalillos que constituyen sus presas naturales. Qué tendrán las aves rapaces que, desde que el hombre tiene conciencia de sí mismo y de sus limitaciones, lo han cautivado sin remedio. Ellas, que fueron las legítimas soberanas del arco celeste hasta que llegaron los aviones y otros artefactos voladores mancillando el espacio aéreo con sus siluetas de hierro, el estruendo de sus motores y las feísimas estelas rectilíneas que, como cicatrices blancas contra el cielo azul, delatan su paso sobre nuestras cabezas. Qué tendrán las aves rapaces que ya en tiempos de los egipcios fueron admiradas hasta el punto de que una de sus principales deidades -Horus, representante del sol y la energía- tenía cabeza de halcón.

Si pudiese articular palabras, “Ponceña” misma nos contaría por qué ella y sus congéneres, seres tímidos por naturaleza, se encuentran tan a gusto en la Península Ibérica y en nuestras recónditas y escarpadas sierras del sur. Las cumbres y el bosque cerrado de las sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, entre cuyos pinares hallan resguardo y un buen lugar donde sacar adelante sus nidadas, constituyen uno de sus reductos favoritos. Y es que nuestro Parque Natural, en efecto, es pródigo en lugares idóneos para el asentamiento de numerosas especies de aves rapaces entre las que se encuentran -como el azor- las águilas y halcones de varias especies, los gavilanes, los cernícalos, los buitres leonados y los búhos reales y otras rapaces nocturnas.

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La combinación de escarpaduras libres de vegetación y densos bosques de pino de Tejeda, Almijara y Alhama conforman un hábitat perfecto para varias especies de aves rapaces. Foto de Mariló V. Oyonarte

El azor, ave a la que el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente calificó como “el pirata de la espesura”, es una rapaz excepcionalmente perspicaz y, por ello, temerosa del hombre. Le gusta ocultarse en lo más profundo de los bosques de pinos, encinas y robles, aunque también se la ha visto volar airosa por las dehesas más tupidas. Se trata de un pájaro fuerte y de buen tamaño -pesa alrededor de un kilo y medio y la envergadura de sus alas es de más de un metro de punta a punta-, que está especialmente diseñado por la naturaleza para desenvolverse y cazar entre las ramas de los árboles sin sufrir daños. Podemos imaginarlo avanzar veloz y ágil por un laberinto de ramaje entrelazado, esquivando con elegancia los obstáculos, haciendo girar sus alas cortas, de formas redondeadas, y esa cola larga y estilizada que la ayuda a equilibrarse en su vuelo acrobático. Podemos imaginarlo asimismo acechar a sus presas desde sus posaderos favoritos, emboscado entre las ramas más altas de los pinos de la sierra donde le gusta pararse a otear el horizonte con su visión perfecta, en busca de un conejo viejo o enfermo o una urraca, una corneja o una paloma bravía.

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La bella “Ponceña” en manos de su cuidador

Pero la maestría del vuelo de un azor adulto no sólo queda patente en los bosques; también es capaz de planear a ras de tierra, tan sólo a unos palmos por encima de la superficie si el lance de caza así lo precisa, para sorprender a su presa cuando ésta se halla en el suelo. El azor anida en las ramas más altas de los árboles más apartados del bosque, donde suele criar cada año a dos o tres pollos que estarán listos para independizarse y buscar su propio territorio tras un mes y medio o dos meses de amorosa crianza por parte de sus padres. Los azores salvajes viven entre los doce y los quince años; las aves de más edad suelen perder facultades para la caza y terminan debilitándose y muriendo. No se trata de una especie en peligro de extinción, pero sí que está protegida por ley a lo largo de todo el año. Esto significa que los azores salvajes no se pueden matar ni capturar vivos -tanto ellos como sus nidadas-, bajo ningún concepto.

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“Stofer” es un precioso macho de halcón peregrino de un año de edad

La belleza del halcón peregrino, por otra parte, no se queda precisamente atrás. Sus enormes y expresivos ojos oscuros revelan una criatura extremadamente ágil y vivaz que, como su pariente lejano el azor, está especializado en la caza en pleno vuelo. Pero a diferencia de aquél, el halcón peregrino huye de las zonas arboladas: esta ave prefiere los parajes abiertos y con mucha visibilidad donde poder desarrollar sus asombrosas técnicas de caza. De menor tamaño que el azor y con un cuerpo de aerodinámica perfecta, con sus alas largas y afiladas y su fina cola, el halcón peregrino no es capaz de volar a ras del suelo, y mucho menos entre las traicioneras ramas de los árboles. A cambio es un especialista en ganar altura volando en círculos hasta alcanzar muchos metros por encima del suelo; desde allí suele avistar a sus presas, normalmente pájaros de tamaño mediano y pequeño que vuelan bajo, sin sospechar que sus movimientos son estrechamente vigilados. Una vez localizada su presa, el halcón se lanza sobre ella en un espectacular picado que puede sobrepasar los 300 kilómetros por hora de velocidad, para caer sobre el despreocupado volátil como una pequeña y mortífera saeta viviente. Esta característica convierte a los halcones peregrinos en los animales más veloces de nuestro planeta; son, a todas luces, una máquina de vuelo perfecta.

Como la mayoría de las aves rapaces, el halcón peregrino se aparea durante el invierno y cría a sus polluelos en primavera. Le gusta anidar en acantilados, cortados y repisas de roca inaccesibles para sacar adelante a su nidada después de un mes de incubación de los huevos y algo más de un mes de crianza. Es mamá halcón la que alimenta a los pequeños mientras papá se encarga de vigilar los alrededores del nido y cazar para sustentar a toda la familia. Una vez han emplumado por completo, los pollos suelen pasar el verano aprendiendo técnicas de vuelo con sus padres hasta independizarse, ya entrado el otoño. La vida de un halcón en estado salvaje ronda los quince años. La población de halcón peregrino en España no está en peligro de extinción pero, como la del azor y las demás aves rapaces en estado salvaje, se halla rigurosamente protegida por ley.

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El vuelo del halcón peregrino es uno de los espectáculos más bellos del reino animal

Tanto el azor como el halcón peregrino son especies que suelen emigrar todos los años desde Europa hasta África, aunque cada vez más ejemplares permanecen en nuestras sierras todo el año debido a la creciente templanza de los inviernos peninsulares. Estas magníficas vecinas aladas merecen todo nuestro respeto como parte integrante de un patrimonio natural de valor incalculable, que debemos conservar a toda costa. Una forma de dar a conocer su biología y concienciarnos a todos acerca de la importancia del papel fundamental que juegan estas hermosas aves en la naturaleza es a través del arte de la cetrería.

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Luís Pérez Plaza

Luís Pérez Plaza es juez nacional de cetrería, delegado de jueces de cetrería de Andalucía y miembro de la sociedad ACESUR (Asociación Cetrera del Sur), que reúne a más de trescientos socios de toda Andalucía. Aparte de su pasión por la cría y adiestramiento en cautividad de ciertas especies de aves rapaces -actividad a la que dedica casi la totalidad de su tiempo libre- Luís realiza, junto a los miembros de su asociación, una intensa labor de concienciación popular en colegios, certámenes, concursos y otros actos para dar a conocer la naturaleza y costumbres de estos bellos animales, tarea especialmente encaminada a proteger las distintas especies y a poner en evidencia la fragilidad de sus poblaciones salvajes. Por todo esto y más aún la antiquísima tradición de la cetrería se encuentra inscrita en la UNESCO -desde el año 2016- como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

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Miguel Jesús Ramos Ruiz, miembro de ACESUR

La cetrería es un deporte de raigambre casi milenaria en nuestro país. Su filosofía, técnicas de cría y adiestramiento, útiles e idiosincrasia general, transmitidas de generación en generación, no han cambiado en lo básico desde el siglo XI. El buen cetrero basa su labor en el respeto y amor absolutos a sus animales, de los que se surte no mediante el expolio de sus criaderos naturales, sino recurriendo a las aves que nacen y crecen en cautividad, con las que el criador llega a establecer una relación casi familiar; un vínculo hombre-animal que será de por vida. Una rapaz criada de este modo debe ser ante todo un animal feliz, que conserve intactos su instinto y personalidad pese a no vivir en libertad; es cuidada como un atleta hasta en los más mínimos detalles -nacimiento, alimentación, adiestramiento, habitáculo- para mantenerla en las mejores condiciones. Tan es así que, de hecho, estas rapaces viven una media de entre cinco a siete años más que sus congéneres salvajes.

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Una pareja de halcones peregrinos espera pacientemente en un posadero su turno para volar. Las caperuzas que cubren sus ojos les ayudan a no estresarse durante los traslados

La crianza de estas aves se realiza minimizando en lo posible el riesgo para las nidadas. Desde que las hembras son fecundadas hasta la puesta de los huevos se trata de un proceso totalmente natural. A partir de ese momento -y debido a que algunas rapaces no saben incubar bien, poniendo involuntariamente en peligro la vida de sus pollos- el cetrero ayuda a la óptima eclosión de los huevos mediante los adelantos que la moderna tecnología pone a su disposición: ovoscopios, higrómetros, termómetros, incubadoras y nacedoras que cuidarán de que los pollitos recién eclosionados sobrevivan a las delicadas horas posteriores a su nacimiento. Tras ese lapso de tiempo las bolitas de plumón serán devueltas a sus madres para que ellas se encarguen de su cuidado.

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Luís examina con delicadeza un huevo de halcón peregrino. Foto de Mariló V. Oyonarte

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El ovoscopio permite observar al trasluz el interior del huevo para comprobar el estado del embrión sin molestarlo en lo más mínimo. Foto de Mariló V. Oyonarte

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Una moderna incubadora se encarga de mantener los huevos fecundados en perfectas condiciones de temperatura y humedad. Foto de Mariló V. Oyonarte

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En la nacedora se colocan los huevos a punto de eclosionar y los recién nacidos durante sus primeras ocho horas de vida. En su interior, un pollito de azor de cuatro horas. Foto de Mariló V. Oyonarte

Pero si emocionantes resultan para el cetrero la crianza y el cuidado de sus aves rapaces, más aún lo es verlas en acción: sus remontadas enérgicas y picados imposibles; los planeos majestuosos, los molinetes en el aire, los revoloteos emitiendo el chillido alegre de los seres en libertad… todo aquello para lo que estas maravillosas criaturas fueron seleccionadas y programadas por la naturaleza. Preparar a las aves y salir a campo abierto donde ellas puedan demostrar sus aptitudes asombrosas llenando el aire con sus acrobacias, para después regresar noblemente al guante de su criador es una experiencia apasionante para el cetrero y para todo aquel que tiene la suerte de observarlo.

Para volar los pájaros con garantías de regreso el cetrero debe procurar que estén en ayunas. La necesidad de alimento es la motivación primera que lleva a una rapaz a levantar el vuelo y volver a quien le procura ese alimento; podría decirse que su lealtad corre parejas con su hambre. Una vez que han comido, las rapaces ya no salen hasta que vuelven a tener aquella necesidad; los vuelos suelen durar máximo quince minutos, al cabo de los cuales y debido a la intensidad del ejercicio, los pájaros se sienten cansados y prefieren reposar.

VUELO CON SEÑUELO

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El señuelo es una pieza de cuero a la que se fija un trozo de carne, y que el cetrero lleva sujeta con una cuerda

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Un sofisticado localizador GPS sujeto a la espalda del ave mediante un pequeño arnés ayudará a su seguimiento durante el vuelo

El cetrero libera a la rapaz para que ésta pueda levantar el vuelo. Tras unos minutos en libertad y una vez que el ave empieza a dar muestras de cansancio, el cetrero toma un señuelo previamente preparado con carne fresca y lo agita mientras reclama a la rapaz con un silbato. El ave, desde las alturas, escuchará el silbato y distinguirá con su vista privilegiada el cebo en el señuelo -del cual es indispensable que esté acostumbrada a comer- girando en círculos al extremo de una cuerda. Entonces la rapaz bajará por instinto, estimulada por esos movimientos del mismo modo que si fuese una presa natural, para alimentarse del cebo de carne. De esta manera el cetrero puede recuperar a su ave con total tranquilidad. Luego la dejará satisfacer su hambre y ya no volará más hasta el día siguiente. Para la demostración Luís elige a “Stofer”, un halcón peregrino de un año de edad, campeón de cetrería.

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Luís extrae con cuidado la caperuza que protege los ojos del joven halcón

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Lo alza animándolo a levantar el vuelo, acción que “Stofer” realiza casi al instante

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El halcón vuela en competa libertad seguido visualmente y por medio del localizador GPS

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Para recuperar al halcón Luís agita el señuelo que tiene al final de la cuerda, al tiempo que hace sonar el silbato

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“Stofer” hace presa en el señuelo y se posa en el suelo, donde se alimenta tranquilamente

VUELO DE CAZA

Pero es observar a estos animales en un auténtico lance de caza lo que de verdad nos coloca en situación. La rapaz, empujada por el hambre, se eleva con rapidez hacia las alturas describiendo amplios círculos justo en la vertical del punto donde se encuentra el cetrero, para vigilar el espacio desde allí arriba hasta que localiza a una presa potencial. Entonces desciende hasta ella en un escalofriante picado -que latiguea en el aire con un largo y grave silbido-, asestándole un golpe con las garras para atontarla antes de apresarla. En este caso la acción la protagoniza la hembra de halcón peregrino “Valkiria”, de cuatro años de edad, vencedora como su compañero “Stofer” en varios campeonatos de cetrería.

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“Valkiria” se eleva en pocos segundos a más de sesenta metros de altura en busca de una pieza que cobrar

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Una bandada de palomas bravías levanta el vuelo. Una de ellas, ajena a la presencia del halcón peregrino, se ha despegado de sus compañeras, sellando involuntariamente su sentencia de muerte. Tras un escalofriante picado, “Valkiria” se coloca muy cerca de su presa

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La paloma es consciente de que no puede competir con la velocidad del halcón peregrino y está a punto de rendirse

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Con un certero golpe en un ala, “Valkiria” debilita a su presa y la atrapa con las garras

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Finalmente se posa en el suelo con su recién ganada pieza, de la que da buena cuenta casi al instante. Se puede observar el GPS adosado a su espalda

El sistema localizador GPS mantiene al cetrero en contacto permanente con las aves que están volando. Una aplicación de móvil enlaza con el emisor mediante el sistema “Pocket Link” y a través de Google Maps se puede seguir el vuelo del pájaro. Esta aplicación facilita en tiempo real los parámetros más importantes de su actividad: velocidad, distancia, altura, dirección, etcétera. No obstante, aun con estos modernos sistemas de seguimiento la pérdida de aves es un hecho que se produce de vez en cuando. Las rapaces que no regresan -bien porque han volado demasiado lejos y no llevaban localizador o éste se ha quedado sin baterías, bien porque no tenían hambre y su instinto las impulsa a seguir volando- suelen sobrevivir e incluso llegan a aparearse con individuos salvajes de su misma especie, pues el buen cetrero las cría y adiestra para que sean perfectamente autosuficientes.
El deporte de la cetrería no sólo es un placer para quienes lo practican; del mismo modo resulta imprescindible para coadyuvar en la conservación y el conocimiento de muchas especies de aves rapaces. Estos animales, aunque no se encuentren en riesgo de extinción, sí están expuestos a otros peligros y conviene que todos estemos al tanto de ello. Es cierto que tienen pocos depredadores naturales -los búhos reales, las águilas y el mayor de todos, el ser humano-, pero existen otros factores que merman sus poblaciones cada año: los tendidos eléctricos, con los que tropiezan en pleno vuelo; las torres de alta tensión, con las que se electrocutan al posarse sobre ellas; los molinos eólicos y sus gigantescas aspas que los parten por la mitad con sólo rozarles… tal vez sea por esto que cada vez quedan menos rapaces. Su pérdida aumenta inevitablemente la población de zorros y de aves oportunistas como urracas y cornejas, que se alimentan de saquear los huevos y polluelos de otras especies. El frágil equilibrio natural, pues, se fractura.

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El cetrero considera a sus rapaces como miembros de la familia

Podríamos pensar que estos animales carecen de otros sentimientos que no sean su propio instinto. No lo podemos saber; es bien cierto que las aves rapaces no atienden por su nombre ni tampoco demuestran afectos, salvo con sus crías. Es cierto también que tienen mala memoria, que son animales impulsivos y que la agresividad es uno de los rasgos más característicos de su personalidad, además de que sus costumbres son en realidad reflejos condicionados a su supervivencia. Pero todos los cetreros dan fe de un hecho irrefutable: sus pájaros les conocen, les aceptan como a iguales y sobre todo les respetan; es difícil concebir mayor nobleza en un animal salvaje, pues -no lo olvidemos- las aves rapaces se pertenecen sólo a sí mismas. No se pueden domesticar.

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Miguel habla quedamente con “Ponceña”, que parece escucharle con atención

“Ponceña” nos mira de frente, con la majestad de su especie brillando en sus ojos dorados, recordándonos que merecen, todas ellas, la mayor de las consideraciones. Que si queremos continuar disfrutando del regalo de su vuelo espléndido, sus gallardas siluetas recortadas contra el cielo y de escuchar su reclamo penetrante -invisible tras las copas de los árboles como un fantasma sonoro- debemos colaborar en su conservación, en el mantenimiento de sus hábitats, en el respeto por sus costumbres. Que habrá que defender su vuelo libre por encima de otros intereses. A cambio, ellas se comprometen a engalanar con su presencia nuestros espacios naturales por mucho tiempo. Todo el que les concedamos.

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