Una casa con alma: esplendor y decadencia de la Venta de Panaderos (I)

¿Pueden cuatro paredes de piedra convertirse en leyenda? En el caso de la Venta de Panaderos la respuesta es afirmativa y rotunda. Una casa que constituyó para quienes la vieron en pie mucho más que un hogar o una posada, y cuyo nombre ha conseguido llegar hasta nosotros con la misma fuerza que poseyó en sus mejores tiempos. Hoy sus ruinas forman parte esencial de la historia de la sierra de la Almijara y, en última instancia, de la historia reciente de las provincias de Málaga y Granada.

Por Mariló V. Oyonarte, en colaboración con Alhama Comunicación



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Perspectiva de Sierra Almijara desde las cercanías del Puerto de Frigiliana

Hay ciertos nombres que se diría gozan de un poder o una magia intrínsecos, pues sólo con pronunciarlos son capaces de transportarnos a la época a la que pertenecieron. El del Camino Real de Granada -bello, sonoro, imperecedero- resulta un buen ejemplo: evoca lugares históricos como el Puerto de Frigiliana, las ventas de Acebuchal, Cebollera, Camila, de las Angustias, la del Vicario, el Puente Cambril, la fábrica de la Resinera… pero por encima de todo nos acerca a la afamada, a la inolvidable Venta de Panaderos. Entonces nos vienen a la mente las imágenes de hermosos senderos cuidadosamente empedrados, anchurosos a fuerza de pasos y pasos, transitados por un sinfín de personajes cuyos oficios pertenecen ya más al recuerdo que a otra cosa. Senderos a lo largo de los cuales se podían encontrar multitud de cortijos y ventorrillos mantenidos con primor por las gentes que los habitaban, levantados unos a la misma orilla del camino y otros apenas visibles, tan protegidos por el espeso pinar que sólo el humo de sus chimeneas delataba su presencia. Nombres que, del mismo modo, traen al presente figuras remotas como las de los arrieros, que hicieron suyas las sendas que abrieran en su día fenicios, romanos, y moriscos: aquellos caminos interminables que penetraban valles y montañas en busca de poblaciones alejadas con el fin de fomentar el comercio, la comunicación y las relaciones sociales entre los habitantes de las distintas comarcas.

Los arrieros. Una raza de hombres duros como el pedernal, de manos recias y facciones esculpidas por el sol y el aire libre; profundos conocedores de sendas y atajos, expertos en el franqueo de barranqueras y diestros en esgrimir la vara si los asaltantes de caminos se cruzaban en su marcha sin fin; amigos de albardoneros y talabarteros, psicólogos autodidactas que leían las intenciones de los venteros, y cronistas sin igual de viejas historias de riadas, ventiscas, canículas y famosos bandidos emboscados. Con frecuencia los arrieros viajaban en grupo, principalmente por seguridad; las caravanas de hombres y bestias formaban largas hileras, ruidosas y coloridas, que ascendían parsimoniosamente por las veredas de toda la vida hasta coronar los puertos de montaña, donde paraban a recobrar el aliento y nivelar la carga entre voces, silbidos y cancioncillas que los esforzados muleros empleaban para arrear y animar a sus bestias y, un poco también, a sí mismos.

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Arriero ascendiendo por el Camino Real de Granada, cerca de la Venta Panaderos; al fondo el Cerro del Cisne

El Camino Real de Granada, ruta de arriería por excelencia entre Málaga y Granada, era uno más de los numerosos caminos de herradura, empedrados como calzadas romanas, que comunicaban entre sí los pueblos, cortijos, ventas y caseríos que se asentaban por todas partes en las sierras de Tejeda, Almijara y Alhama. La travesía de la sierra era en aquellos tiempos el camino más corto para llegar a Granada desde la costa, evitando así tener que rodear todo el macizo almijareño. Este Camino Real partía de Nerja pasando por Frigiliana, El Acebuchal y las ventas de Cebollera, Camila, Panaderos y la Venta de las Angustias; cruzaba luego el límite entre las provincias de Málaga y Granada por el Puerto de Frigiliana y llegaba, dejando atrás la conocida -y ya del todo inexistente- Venta del Vicario, hasta Granada por Fornes, Jayena, Arenas del Rey y Játar, o por Alhama de Granada, el Temple y Santa Fe. Era otra época y otra vida: el paso incesante de personas y animales que dependían de la sierra para todo y que se desplazaban a diario por sus sendas constituía el pan de cada día. Arrieros, sí; pero también caleros, leñadores, resineros, labradores, jornaleros, esparteros, pastores, carboneros y simples viajeros iban y venían a todas horas del día e incluso de la noche por aquellos parajes y llevaban la abundancia, en todos los sentidos, a los lugares existentes a lo largo y al final del camino.

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Pocos tramos del Camino Real de Granada se conservan todavía en buen estado

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Ascendiendo hacia el Puerto de Frigiliana. Foto de Mariló V. Oyonarte

La Venta de Panaderos figuraba ya desde comienzos del siglo XIX como uno de los cortijos-hospedería más importantes de la Almijara. Estratégicamente situada en un altiplano, junto a un importante cruce de caminos, rodeada de barrancos por los que fluía el agua durante todo el año y protegida por las impresionantes escarpaduras del Cerro de los Bojes, el Cerro Lucero, Rajas Negras y el cerro del Cisne, su emplazamiento resultaba inmejorable desde todos los puntos de vista. En aquel conocido -y casi obligado- punto de reunión solían hacer un alto todos los que transitaban por el Camino Real. El trasiego no cesaba nunca: con sol y con luna se podía ver allí a los que llegaban para pasar la noche o para resguardarse de las inclemencias del tiempo -una tormenta de nieve, un aguacero repentino o el calor aplastante de un día de verano-, a los que se acercaban para descansar un rato mientras echaban un trago de aguardiente y un rato de conversación con otros viajeros frente a la chimenea, y a los que entraban con el tiempo justo de engullir deprisa y corriendo un sustancioso plato de puchero antes de proseguir la marcha. Siempre había una olla grande repleta de guiso cocinándose a fuego lento sobre la trébede, gente durmiendo en las habitaciones, bestias de carga alojadas en la cuadra y aparejos de arriería apoyados contra la fachada de la casa. Y es que podía decirse que la parada -más larga o más corta- en la Venta de Panaderos formaba parte inexcusable de cada viaje.

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Cara sur del Cerro Lucero. El círculo rojo señala el lugar donde se levantaba la Venta de Panaderos

La venta contaba con una espaciosa planta baja que acogía una cocina de generosas proporciones con suelos enlosados, horno y -lujo inusual en la época- una hilera de brillantes y coloridos azulejos sobre el caño del fregadero, que recogía a su vez el agua venida del exterior gracias a un ingenioso sistema de conducción por una canal hecha con tejas de barro. Un amplio corredor empedrado separaba la cocina de una acogedora habitación con chimenea, y daba acceso a las cuadras a través de una puerta de doble vano. A su izquierda el pasillo comunicaba con los cuartos de la planta baja y algo más allá con la escalera que subía al piso superior, donde varios dormitorios de diferentes tamaños y un pajar -que servía también para alojar a la gente cuando era necesario- completaban el espacio. Fuera de la casa se encontraban los corrales para el ganado, el gallinero y la zahúrda de los cerdos. Por encima del conjunto se podían ver una extensa era empedrada y una práctica acequia hecha con tubería y tejas de barro que conducía el agua del Barranco Bartolo hasta una alberca situada junto a la era, que a su vez llevaba dicha agua por la conducción de tejas adosada a la pared exterior hasta el interior de la cocina, donde un tubo de plomo que atravesaba el muro hacía las veces de grifo. La de Venta de Panaderos era, sin duda alguna, una de las mejores casas de los alrededores; el paso de los arrieros con sus mercancías, además, la convertía en un punto de abastecimiento muy bien surtido, donde ellos mismos podían comprar, vender e intercambiar todo tipo de género sin tener que trasponer a los pueblos más distantes. Durante muchos años varias generaciones de venteros con sus familias se encargaron de atender a los viajeros del Camino Real de Granada, al tiempo que criaban a sus hijos y sacaban adelante sus cosechas en aquel agreste rincón de la sierra, que por ende tenía fama de producir las mejores hortalizas, melones y sandías de toda la Almijara.

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Reunión de cazadores en la Venta de Panaderos, año 1919. Al fondo, la cresta de Rajas Negras

Venteros como la familia de Demetrio y Victoria primero, y su hijo Victoriano después (no hay constancia de sus apellidos), oriundos del pueblo de Cómpeta, quienes desde principios del siglo XX regentaron de forma impecable la magnífica posada, hasta que la ancianidad del cabeza de familia los empujó a volver a su pueblo y vender, no sin pesar, la Venta de Panaderos. Fue en el año 1944 cuando los nuevos propietarios de la casa, el matrimonio formado por Francisco Rodríguez Ramírez y Ana Herrero Herrero, ambos procedentes de Frigiliana, tomaron posesión de su nuevo hogar. Éstos adquirieron la célebre Venta de Panaderos sabedores de que durante mucho tiempo había sido un próspero negocio; los años de la guerra civil habían hecho mella en las ganancias, era cierto, pero eso ya había quedado atrás y los dos confiaban en que, en poco tiempo, y haciendo bien su trabajo, volverían a levantar la legendaria hospedería. Las tierras que rodeaban la casa eran buenas y el movimiento de viajeros no sólo no decaía, sino que incluso aumentaba, merced a los arrieros que retomaban su actividad tras el parón de la guerra. Un buen número de pequeños estraperlistas, además -el hambre y la escasez de todo los empujaban a ello- aparecieron en escena. Y todos, todos tendrían que pasar por la puerta de la Venta de Panaderos. La familia al completo -Francisco y Ana tenían seis hijos: Dolores, Ana, Rita, Paquita, Francisco y José Antonio- se puso manos a la obra para hacer ese sueño realidad.

Pero nadie contaba con que, peor que la guerra, sería la posguerra. La miseria ocasionada por la contienda y la dureza de la posterior guerrilla antifranquista alcanzaron muchas zonas de España -incluida las comarcas de Tejeda Almijara y Alhama-, perturbando la vida de todos los que vivían en aquellas montañas. A partir de 1945 la sierra se llenó de guerrilleros -o bandoleros, según los llamaban sus perseguidores-; se trataba de un numeroso grupo de hombres de distintas procedencias, antiguos luchadores del bando perdedor, pero también locales descontentos con su situación e incluso algunos delincuentes de poca monta que, bajo el mando de un antiguo combatiente republicano, José Muñoz Lozano, pensaron que podrían liberar España de las manos de los franquistas.

Organizados como un ejército en miniatura desde fuera de nuestras fronteras por el Partido Comunista en el exilio, la «gente de la sierra» se ocultaba en las zonas más intrincadas de las montañas y organizaban ágiles escaramuzas con las que conseguían alterar a las fuerzas de la guardia civil que, prácticamente con carta blanca por parte de las autoridades franquistas, estaban dispuestos a combatir a aquellos molestos maquis en cualquier momento y en cualquier lugar. El panorama cambió radicalmente en toda la comarca. Se cerraron a cal y canto los antiguos caminos y se hizo indispensable la obtención de cédulas de paso -que había que renovar cada quince días en los cuarteles de la guardia civil- para poder circular por ellos. No quedó un rincón en las montañas que no se encontrase sometido a una estrecha vigilancia, tanto por parte de un bando como por parte del otro. Los arrieros sufrieron especialmente esta situación, pues su oficio los ponía en riesgo continuamente: o se veían obligados a vender su mercancía a los guerrilleros que les salían al paso, o se arriesgaban a perder sus bestias y la carga si se topaban con la Benemérita, que decomisaba toda la mercancía que atravesaba la sierra para evitar que llegasen provisiones y suministros a manos de los rebeldes.

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Las parejas de guardias civiles patrullando los senderos eran una imagen cotidiana

Los tiempos se tornaron cada vez más difíciles. La Venta de Panaderos, situada al pie del Cerro Lucero, se vio rodeada de campamentos maquis que se ocultaban de la guardia civil por todos aquellos repechos, ya que la agreste orografía de la zona facilitaba su camuflaje. Sin comerlo ni beberlo la histórica posada se convirtió en un enclave muy comprometido. Francisco, Ana y sus seis hijos vivían literalmente en el centro de aquel fuego cruzado, y se veían obligados a atender tanto los requerimientos de los guerrilleros como los la guardia civil, pues la posición de la venta -tan beneficiosa en tiempos mejores- la convertía ahora en un punto clave de la lucha. Negarse a colaborar con unos y otros significaba una muerte segura o, en el mejor de los casos, duras represalias para ellos y sus familiares. Y no se sabía quiénes podían ser más crueles, ya que en la práctica se trataba de un nuevo estado de guerra. Los momentos difíciles se producían a diario: literalmente, un día entraban a la venta los civiles y al día siguiente los de la sierra. El «teléfono guerrillero»-consistente en una sábana colocada sobre el tejado de la venta cuando la guardia civil se encontraba por las inmediaciones o en su interior- funcionaba las veinticuatro horas del día, quisieran o no los malhadados venteros. Se daban incluso situaciones que en otro momento hubiesen resultado cómicas: si los guerrilleros encargaban a Ana que les cocinase unas patatas o unas migas y al poco aparecían los guardias, eran éstos quienes daban buena cuenta de esa comida mientras los rebeldes escapaban trochando monte arriba. Las palizas y asesinatos, los secuestros, enfrentamientos, delaciones y traiciones en ambos bandos se convirtieron en sucesos habituales entre aquellas gentes sencillas, que hasta hacía bien poco sólo entendían de criar ganado y labrar la tierra. Todos se volvieron medrosos y desconfiados. La comarca ya no parecía la misma.

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Guerrilleros de la Agrupación Málaga-Granada

El responsable máximo de la lucha guerrillera en la Almijara, José Muñoz Lozano -más conocido por todos por su nombre de guerra, «Roberto»- era un hombre taimado e inteligente, experto en artes militares y un magnífico estratega, con una amplia experiencia en la técnica de la guerra de guerrillas adquirida en Francia, donde había luchado contra las fuerzas de ocupación nazi. Dotado de una fuerte personalidad y, también hay que decirlo, de un gran sentido del humor, su ingenio y socarronería corrían parejas con su frialdad. Tan pronto señalaba a uno de sus hombres como «chivato» y lo condenaba con un gesto a una muerte segura, como soltaba con gracia un chascarrillo a los que tuviese delante. Además de todo eso gozaba de buena presencia y un bagaje cultural muy superior al de la gente de la que solía rodearse, con lo cual su carisma resultaba aún mayor. Arrastraba una vieja herida de guerra en la pierna izquierda que le hacía cojear, por ello se defendía mal en el escabroso terreno almijareño y solía ir a cuestas de uno de sus hombres de confianza, José Martín Navas, al que todos llamaban «el caballo de Roberto». En el momento álgido de la lucha Roberto llegó a tener bajo sus órdenes a más de ciento sesenta hombres; la «Agrupación Granada-Málaga» fue la más importante de Andalucía y una de las más activas de España. A pesar de que no le gustaba la vida en la sierra asumió con determinación sus funciones, llegando a hacerse temible dentro y fuera de sus filas. Su nombre y el de su agrupación llegaron a convertirse en leyenda.


El jefe de la Agrupación Guerrillera Granada-Málaga, José Muñoz Lozano, alias «Roberto»

Debido a la proximidad con sus posiciones ocultas en el Cerro de los Bojes, el Barranco Bartolo, el Cerro del Cisne y el Cerro Lucero, Roberto y sus hombres solían frecuentar la Venta de Panaderos. Les gustaban su ambiente animado y especialmente los suculentos potajes que cocinaba Ana, que tanto echaban ellos de menos cuando, escondidos entre las rocas de la sierra, se veían forzados a alimentarse durante días a base de arenques, tocino, latas de atún y pan reseco. La familia de Francisco y Ana les apoyaba -no les quedaba otra opción- de distintas formas: facilitándoles información, procurándoles víveres y objetos de uso cotidiano, lavándoles la ropa, realizando compras por encargo para ellos e incluso ocultando parte de sus enseres y munición en unos zulos o escondites de los que disponía la antigua posada, algunos casi con un siglo de antigüedad, que se encontraban muy bien disimulados en el interior de la casa. Francisco y Ana, profesionales hasta sus últimas consecuencias, procuraban hacer su trabajo sin meterse en líos y arriesgando lo menos posible, realizando para ello mil malabarismos. Pero hay secretos difíciles de guardar, y era de muchos sabido -de la guardia civil también- que los de la sierra pasaban a menudo por su casa.


José Martín Navas, hombre de confianza de Roberto, apodado «el caballo de Roberto»

La hija mayor del matrimonio, Dolores, era una muchacha inteligente y muy guapa; sus padres habían previsto para ella una educación que le permitiera salir de la sierra algún día, por lo que la chica se encontraba por aquel entonces en un colegio, estudiando en régimen de internado. Una de las ocasiones en las que bajaba a la venta para tomarse una taza de café con relativa tranquilidad, Roberto reparó en una fotografía de la niña que colgaba de una de las paredes de la casa. «¿Quién es esta muchacha?» preguntó a Ana. «Es mi hija mayor, que está estudiando fuera» declaró la madre, temblando ante el inusitado interés mostrado por guerrillero. «¿Así que es hija tuya…? Bueno, pues cuando le escribas le dices que la vas a sacar del colegio y te la traes para acá, que la quiero conocer». «Pero es que ella no va a querer venirse, es menester que aprenda cuatro cosillas para luego encontrar trabajo», insistió la madre, con un hilo de voz. «No hay más que hablar. La próxima vez que venga yo tiene que estar aquí, que no le va a pasar nada, mujer» concluyó Roberto apurando su jarrilla de café y saliendo fuera al tiempo que reclamaba a sus hombres, que se habían apostado en los alrededores de la venta.

Ana habló del asunto con su marido y ambos convinieron en escribir a su hija explicándole la gravedad de la situación y rogándole que no se negase a regresar, pues temían, y con razón, las represalias del temible jefe guerrillero. «Si no te vienes, hija, esta gente nos va a matar a todos» , terminaba Ana su carta. Aunque Dolores no quería abandonar ni a sus amigas ni el ambiente tranquilo del internado, no tuvo más remedio que obedecer el mandato de sus padres, que era, a fin de cuentas, el mandato de Roberto. De ese modo la joven, de poco más de veinte años, regresó a la Venta de Panaderos, donde la esperaba el famoso maqui del que todo el mundo hablaba, que tenía por cierto esposa y una hija en Madrid, aunque eran muy pocos los que conocían la existencia de su pequeña familia.

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La bella Dolores Rodríguez Herrero, la niña de la Venta Panaderos

Como era de esperar, Roberto se prendó de la muchacha nada más verla. Echando mano de su sabiduría de hombre maduro, obsequió a Dolores con un florido repertorio de requiebros y ternezas que, unidos a su figura de guerrillero proscrito -como los gallardos bandoleros románticos de los grabados antiguos- y a su carácter carismático, derribaron la débil defensa que la joven había erigido para protegerse. Dolores se convirtió, pues, en la acompañante oficial de Roberto cada vez que él aparecía por la Venta de Panaderos. El jefe maqui no se limitaba a tenerla cerca de sí mientras visitaba la casa -además de belleza, la muchacha poseía buen carácter y una agradable conversación-, sino que también se la llevaba de viaje cuando tenía que dejar la sierra, para utilizarla como coartada ante eventuales encuentros no deseados: la guardia civil buscaba a un guerrillero solitario, no a un solícito marido que viajaba junto a su esposa. Los rumores volaban ya por toda la comarca. Dolores dejó de ser «la niña de la Venta Panaderos» para convertirse en «la novia de Roberto», aunque, a decir verdad, nadie sabía con certeza si realmente existió entre ellos algún tipo de relación amorosa. Los propietarios de la venta quedaron, oficiosamente, bajo la protección -no solicitada- de la gente de la sierra, ya que Dolores vivía allí. Era probado que en más de una ocasión y por evitar daños a la familia de la muchacha, los rebeldes dejaron de atacar a los guardias civiles cuando éstos se encontraban desprevenidos en el interior de la casa. Pero la situación, lejos de mejorar, fue empeorando gradualmente. La Benemérita, cada vez más amoscada sobre la verdadera naturaleza de la relación entre los dueños de la Venta de Panaderos y los guerrilleros, cerró el cerco sobre la familia de Ana y Francisco.

Los venteros y sus hijos -hasta los pequeños Francisco y José Antonio, de once y ocho años de edad, respectivamente- fueron sometidos a una vigilancia rigurosa. Llegó un momento en que la familia entera temblaba de pies a cabeza cada vez que llamaban a su puerta: si eran los civiles, malo, porque éstos no se lo pensaban dos veces a la hora de dar palizas; pero si eran los de la sierra, peor, ya que sus visitas continuadas ponían en grave peligro a todos. La guardia civil tenía ojos y oídos por todas partes, ya que no sólo contaba con el trabajo de sus hombres sino también con el apoyo de simpatizantes y ciertos confidentes que, por tal de redimirse ante los ojos de las autoridades, hubiesen delatado prácticamente a cualquiera. Los dueños de la Venta de Panaderos no tenían salida. Y, tal y como la guardia civil había previsto, cogerlos en falta fue sólo cuestión de tiempo.

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Contrapartidas de guardias civiles disfrazados de rebeldes recorrían la sierra de punta a punta

Corrían los primeros días del mes de septiembre de 1947. Una mañana muy temprano -aún no asomaban las claras del día: había que aprovechar las horas más frescas- salió Francisco con una mula de la Venta de Panaderos, tomando el camino de Nerja: tenía que realizar varios encargos, entre los que se encontraban comprar comestibles y artículos de aseo para su familia y también -como en otras ocasiones- llevar unos mandadillos para la gente de la sierra. Francisco llegó al pueblo y despachó sus compras con premura, pues quería regresar a casa para el mediodía. En su camino de vuelta le salió al paso un hombre. Sin mediar otras palabras éste le dio el alto, le pidió la documentación y le preguntó qué llevaba la mula en las alforjas. Se trataba de un guardia civil vestido de paisano que lo había estado siguiendo sin que Francisco se percatase de nada. Tras revisar exhaustivamente la carga -entre la que había ocultos varios artículos que el pobre Francisco, titubeante, no consiguió justificar- el guardia civil procedió a la detención del ventero, conduciéndolo en el acto al cuartel de la guardia civil de Nerja, desde donde fue trasladado a Málaga capital. Nadie se preocupó de dar aviso a su familia que, ajena a todo lo que estaba ocurriendo, esperaba a Francisco con la mesa puesta para almorzar.

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Nerja en los años cuarenta del siglo pasado

En la Venta de Panaderos, Ana se impacientaba. Aquel hombre suyo no volvía y era raro, pues se trataba de una persona metódica y de costumbres fijas. ¿Dónde podría estar? ¿Le habría pasado algo? Llegó la tarde; cayó la noche. Desolada e insomne, con los ojos desorbitados en la oscuridad de su dormitorio, la mujer no paraba de dar vueltas a la cabeza. No quería alarmar a sus hijos, a los que había dicho que no temieran: seguramente su padre se habría encontrado con algún pariente. Pero al otro día tampoco hubo noticias y esa noche, aterrada ya, decidió liarse la manta a la cabeza y salir en busca de su marido. Ana tenía la certeza de que lo que tanto temían todos había ocurrido por fin. Lo único que anhelaba era saber si Francisco vivía o si lo habrían matado los civiles, porque tal y como estaban las cosas, eso era lo más probable. A la mañana del tercer día Ana lió un pequeño hatillo y se puso en camino, no sin antes despedirse cariñosamente de sus hijos, a quienes dejó al cargo de las dos hermanas mayores, Dolores y Rita. Caminando lo más deprisa que pudo llegó a Nerja e inmediatamente buscó al párroco del pueblo, que era también de Frigiliana y los conocía a todos desde hacía tiempo. El sacerdote, apiadado de la desesperación de la mujer, la informó de que su marido había sido detenido y llevado a Málaga. ¡Francisco seguía vivo, entonces! No había tiempo que perder; Ana regresó de inmediato a su casa para preparar el viaje a Málaga, antes de que las cosas se pusieran peor para Francisco.

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Fragmento de la declaración original de Ana Herrero en el año 1948 respecto a la detención de su marido

En una declaración posterior -realizada al año siguiente, con motivo de una denuncia interpuesta por la valiente Ana contra la guardia civil- así quedaron registradas sus palabras, textualmente:

 «DECLARACIÓN DE ANA HERRERO HERRERO, de cuarenta y nueve años de edad, estado casada, natural de Frigiliana, de profesión sus labores, sabe leer y escribir, y sin antecedentes penales (…)

 Preguntada para que manifieste con todo detalle los hechos que denuncia en su instancia de fecha veintiuno de agosto último (año 1948) dirigida al Exmo. Sr. Capitán general de la Región, dijo que sobre los primeros días de septiembre del año próximo pasado (1947), residía en unión de su marido e hijos en la Venta «Panaderos», existente a unas cuatro leguas de Frigiliana para la parte de Granada; el marido de la que declara bajó a Nerja con idea de llevar comestibles y en el camino le salió un grupo de huidos de la sierra interesando les comprara seis pilas de linterna, diez espejitos de bolsillo, dos carteras de papel de escribir y unos cuantos pares de calcetines, todo esto con amenazas de que si no lo hacía o daba cuenta, se tomarían ellos la justicia por sus manos, tanto en él como en las de sus familiares; su marido continuó a Nerja, comprando los comestibles para la vuelta donde habitaba, adquiriendo en el establecimiento de Miguel Herrero las cosas que le habían encargado los huidos; ya de regreso para la Venta, en el puente de Nerja le salió al encuentro el guardia civil llamado Salvatierra, vestido de paisano, llevando a efecto la detención de su marido y conduciéndolo a Nerja, teniéndolo en el cuartel dos días; de la detención de su marido se enteró la deponente a los dos días y por la noche, saliendo a la mañana del día tres con dirección a Nerja con el fin de averiguar lo que había pasado; llegada a dicho pueblo se fue a la posada y seguidamente marchó a la casa del señor Cura Párroco por ser éste el cura de Frigiliana (es un error del que transcribe, aquí debe decir Nerja) que antes estuvo en Frigiliana, siguiendo asistiendo en la actualidad a los dos pueblos en su ministerio; este señor que los conoce a todos sus familiares , le manifestó que ya todo lo que había que hacer en Nerja lo había él andado, y que ya en Málaga era donde se tenía que hablar para solventar lo que le había ocurrido al marido (…)»

Ana, por tanto, se veía impelida a viajar a Málaga para intentar ver a su marido primero, y para aclarar la situación, si ello era posible, después. No tenía ni idea de cuántos días estaría fuera; ni siquiera sabía si podría volver: quienes se veían envueltos -voluntaria o involuntariamente- en asuntos entre los guerrilleros y los guardias civiles solían pagarlo muy caro… Mientras tanto Dolores, Rita, Ana, Paquita, Francisco y José Antonio, los seis hijos de Ana y Francisco, no tendrían más remedio que aguardar el regreso de sus padres manteniendo el ánimo en la adversidad, como habían visto hacer a sus progenitores, y cuidando unos de otros, solos allá arriba y a merced de quien pasase por su casa, la Venta de Panaderos.

Aquí concluye, por el momento, este relato. Los acontecimientos que ocurrieron después, incluyendo el destino final de la propia Venta de Panaderos, serán narrados en la segunda parte de esta historia.

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Escrito por Mariló V. Oyonarte
Fotografías de Carlos Luengo
Bibliografía: «Recuperando la memoria» y «Censo Guerrillero», de José Aurelio Romero Navas, «Causa Perdida», de Juan Morente y «La gente de la sierra», de David Baird
Documentación histórica original, archivo de José Aurelio Romero Navas.



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Calle Canalejas, 26, Vélez-Málaga, Málaga

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