«No tenía que haber estado en ese autobús, pero ahora me alegro porque he podido ayudar»

Pasajeros del autobús siniestrado salvaron la vida al conductor tras el infarto, ellos son los nuevos héroes de Sostoa. Antonio se las ingenió para levantarle el pie del acelerador, mientras que Francisco y Clara, que son médicos, lo sacaron del paro cardiaco, informa Diario Sur

En el ideario colectivo malagueño existe una confusión, o una duda, y también un desconocomiento generalizado de la historia de la calle Héroe de Sostoa. ¿O se dice Héroes de Sostoa? ¿Singular o plural? ¿Cuál fue esa batalla? ¿O no hubo batalla? Héroe de Sostoa hubo uno, y de nombre Tomás. Fue marino de prestigio (alcanzó el grado de brigadier general de mar y tierra) que en siglo XIX alcanzó gran fama por su valentía al enfrentarse, entre otras, a las tropas napoleónicas. Pero quizá haya que reescribir la historia. Y aquel error del pueblo, que se plasmó hasta en callejeros, anuncios publicitarios y tarjetas de visita, tal vez no lo fuera tanto…



Desde ayer, Tomás no está solo. Los nuevos héroes de Sostoa se llaman Antonio, Francisco y Clara. Y algún otro pasajero anónimo que se quedó a echar una mano cuando lo que les pedía el cuerpo era huir en estampida después de ver cómo el autobús de línea en el que viajaban perdía el control y lo arrasaba todo a su paso. El conductor, de 49 años, había sufrido un infarto al volante y su pie se quedó encajado en el acelerador, arrollando una docena de vehículos, entre coches –principalmente– y motos.

Ellos, como un escuadrón ciudadano de salvamento y rescate perfectamente organizado, retiraron el pie al chófer, dejando al autobús cargado solo de inercia, abrieron las puertas para evacuar al pasaje, llamaron a la central por radio para averiguar cómo diantre se paraba el motor, y le hicieron al chófer las maniobras de reanimación que lo encadenaron a la vida. En el Hospital Carlos Haya, donde se recupera del fallo cardiaco, le dijeron que la actuación de los pasajeros le ha salvado la vida, como confiesa el propio gerente de la EMT, Miguel Ruiz.

La primera casualidad
Antonio Guzmán no tenía que haber estado en ese autobús, «aunque ahora me alegro de haber estado ahí, porque he podido ayudar», dice. Siempre coge esa línea, la 1, pero suele subirse en el anterior para llegar en hora a su trabajo como jardinero en el residencial Barceló. Pero ayer, casualidades del destino, lo perdió por muy poco. Pasaban unos minutos de las ocho de la mañana cuando escuchó «el primer estruendo».

Como el marino Tomás de Sostoa, que nació en Uruguay, Antonio también nació al otro lado del charco. Dominicano de 39 años, llegó hace dos a España con sus cuatro hijos (más un nieto) y su mujer, que está embarazada del quinto. Así describe el accidente: «Cuando sentí el primer impacto, miré hacia el conductor y vi que estaba convulsionando. Intenté llegar hasta él, pero el autobús seguía avanzando y golpeando todo lo que se encontraba. Cada vez que le daba a un vehículo, veías cómo se levantaba en el aire. Se me han quedado grabados los gritos de la gente, todo el mundo agarrándose a lo que podía… El pánico».

Francisco Luis Guzmán siempre va al trabajo en coche, pero ayer tenía una comida de amigos y no quería conducir. «Mi mujer se ofreció a llevarme, pero yo le dije que no hacía falta, que me iba en autobús». Por eso cogió ayer la línea 1 para llegar hasta el centro de salud de San Andrés-El Torcal, donde trabaja como pediatra.

Curiosamente, comparte primer apellido con Antonio, pero nada más, porque Francisco es malagueño, «del barrio de la Victoria», y hasta ayer no se conocían de nada. «Estaba jugando con el móvil haciendo sudokus cuando escuché un fuerte golpe, y luego muchos más seguidos». Cada uno guarda un flash del accidente. A Francisco se le ha quedado grabada una imagen: una furgoneta a la que el autobús arrastraba en su viaje sin control. «Llegué a ver a una persona dentro. Afortunadamente, nunca la hubo», afirma.

Antonio, que ocupaba el asiento que hay justo detrás del conductor, supo que había que hacer algo para parar el vehículo. «Me fui agarrando y, como el autobús iba deteniéndose con los impactos, pudimos acercarnos –él y otro hombre– y tratamos de mover al chófer, pero no podíamos. Al final, me recosté por encima de la puertecita del conductor, metí la mano y le levanté el pie del acelerador. Encontré el botón para abrir las puertas y ya salió todo el mundo», relata Antonio.

Entre varios de los pasajeros, buscaron la forma de sacar al chófer de su asiento y lo tumbaron en el suelo. Francisco se identificó entonces como doctor. También lo hizo Clara, que viajaba en ese autobús para incorporarse a su trabajo en el centro de salud de Huelin, donde trabaja como médico de atención primaria. «Estaba muy rígido. Había entrado en parada», dice Francisco. Clara y él comenzaron a realizarle maniobras de reanimación cardiopulmonar. Lograron que volviera a tener pulso, pero lo perdieron otra vez. «En ese momento, llegaron los compañeros del 061 y empezaron a atenderlo. Yo estaba muy desanimado. El infarto había sido muy fuerte», recuerda el médico.

Entre tanto, Antonio ya se había ocupado del autobús. Buscó la radio interna para comunicarse con la central de la EMT y preguntarles cómo se paraba el motor. «Me dijeron dónde estaba el botón y lo apagué. Luego les di la ficha del vehículo para que supieran qué conductor era y de qué línea se trataba», cuenta el jardinero dominicano.

Todos se quedaron a ver qué pasaba con el conductor. «Estábamos todos muy nerviosos, porque lo vimos bastante mal. Queríamos que saliera adelante», cuenta Antonio. Entonces, la doctora del 061 se bajó del autobús y buscó con la mirada a Francisco. Él recuerda –otra imagen que no podrá olvidar– perfectamente el gesto: «Me sonrió con el pulgar de la mano hacia arriba». Y ahí, de pronto, Francisco, Antonio y Clara se relajaron, respiraron, y tomaron cada uno su camino, como auténticos desconocidos. Pero aquel pulgar los había convertido, a todos, en los nuevos héroes de Sostoa.

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