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El agua y los inconvenientes que surgen en zonas rurales

por redaccion
Aceite Periana - apertura de post

Cuando uno se muda a vivir al campo o a una casa más aislada, hay muchas cosas que cambian respecto a la ciudad. No solo por el ritmo de vida, sino por cuestiones muy prácticas que, hasta entonces, nunca habían supuesto una preocupación. Una de ellas es el acceso al agua. Puede parecer una tontería, pero no lo es. Tener agua corriente, limpia y a presión no es tan automático como se cree cuando se vive en una zona con poca infraestructura. Aquí no se trata solo de abrir un grifo.

Hay casas que no están conectadas a la red general, otras que dependen de pozos o manantiales cercanos, y también las hay que solo cuentan con suministro limitado o intermitente. En todos esos casos, hay que buscar una solución real, eficiente y que no suponga estar preocupándose todo el día por si queda agua o no. Y para eso, hay que pensar en almacenamiento.

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Los sistemas caseros improvisados y sus riesgos

Hay gente que, para salir del paso, se lanza a hacer inventos por su cuenta. Reutilizan viejos depósitos, tanques oxidados o incluso bañeras que encuentran por ahí, y los usan para acumular agua de lluvia o del pozo. Y aunque puede parecer que funcionan, la realidad es que tienen más problemas que ventajas.

Por un lado, el material con el que están hechos no siempre es apto para almacenar agua que después va a usarse para beber, ducharse o cocinar. Muchos de estos recipientes sueltan partículas, contaminan el agua o no tienen tapa, con lo cual entran bichos, hojas o suciedad con mucha facilidad. A eso hay que sumarle que no suelen estar diseñados para facilitar el vaciado, ni para resistir los cambios bruscos de temperatura. En resumen: acaban siendo un foco de problemas.

Por eso, lo más recomendable es optar por depósitos de agua diseñados para eso. No son complicados de instalar y hay de todos los tamaños y formas, dependiendo del espacio disponible y del uso que se le quiera dar. Algunos incluso se pueden enterrar, lo cual mejora el aislamiento y evita que ocupen sitio en superficie.

Cuánta agua se necesita realmente en una vivienda aislada

Aquí no hay una cifra exacta porque cada familia y cada casa tiene unas rutinas distintas. Pero, por hacer una estimación rápida, una persona usa al día entre 100 y 150 litros de agua, si se cuentan duchas, limpieza, cocina, lavadora y consumo general. Así que en una casa con tres o cuatro personas, estamos hablando de unos 500 litros diarios. Si se quiere una autonomía de una semana, hacen falta al menos 3.000 o 4.000 litros de capacidad.

Y eso solo si se usa el agua con cabeza. Si además se quiere regar un pequeño huerto o se tienen animales, la cifra sube bastante. Por eso, es habitual ver instalaciones en las que se combinan varios depósitos conectados entre sí o incluso sistemas de recogida de agua de lluvia que ayudan a complementar el consumo.

El papel de los contenedores auxiliares en el día a día

Una parte que a menudo se pasa por alto son los pequeños contenedores que se usan en el día a día para mover o almacenar agua en menores cantidades. Estos recipientes, que pueden ir desde garrafas grandes hasta bidones intermedios, resultan muy útiles cuando hay que subir agua a una planta alta, llevarla a una zona de la finca donde no hay toma directa o simplemente tener una reserva más accesible.

También son prácticos para situaciones donde no hay instalación eléctrica y, por tanto, no se puede activar la bomba. Tener un par de contenedores llenos estratégicamente colocados puede ahorrar muchos apuros, sobre todo en invierno, cuando las condiciones no permiten hacer grandes traslados.

Estos contenedores deben estar fabricados con materiales aptos para uso alimentario si se va a beber de ellos, y conviene limpiarlos con frecuencia para evitar que el agua se eche a perder. No sirven los típicos cubos o bidones cualquiera, especialmente si antes han contenido otro tipo de productos. Hay que tener cierto cuidado, aunque se trate de un uso más informal.

Aprovechar el agua sin malgastarla también es parte de la solución

Por mucho que se almacene, si el consumo no está controlado, el agua se va rápido. Por eso, además de tener depósitos adecuados, es útil adoptar hábitos que reduzcan el desperdicio. Cosas tan simples como instalar grifos de corte rápido, aprovechar el agua de lavar frutas para regar plantas o usar duchas con difusores eficientes pueden marcar la diferencia.

También se pueden reutilizar aguas grises (las que vienen del lavabo o la ducha, no del inodoro) para otros fines, siempre que se tengan las instalaciones adecuadas. Y si se opta por sistemas de recogida de lluvia, conviene tener filtros que retengan las primeras impurezas y eviten que llegue suciedad a los depósitos.

Al final, vivir fuera de la ciudad supone tener un poco más de implicación en la gestión de los recursos. Pero, a cambio, se gana en independencia, tranquilidad y, en cierto modo, en conciencia de lo que realmente vale el agua cuando no sale sola del grifo.

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