Aunque pueda parecer por el título de este post que hablaré de antiguos ministros franquistas que luego fueron adalides de la democracia que decían aquello de “la calle es mía”, nada más lejos de la realidad.
Este artículo que ahora escribo tiene que ver con la concepción que tiene mucha gente de que “la calle no es de nadie” como esencia para hacer de ésta vertederos sin ningún tipo de escrúpulo.
Sin lugar a dudas, las administraciones tienen que encabezar la limpieza de nuestro entorno, ya sea cascos urbanos o lugares más o menos naturales, pero por mucho dinero que se invierta en limpieza, nunca será suficiente si nosotros mismos hacemos del espacio que nos rodea un basurero, si no nos concienciamos de que ha de salir de cada uno la intención de mantener limpio aquello que nos rodea. No es ni más ni menos que lo que dice el dicho: “no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia”.
Todos, en mayor o menor medida, consideramos nuestro pueblo como algo distinto, precioso y frágil. El paraíso lo llaman más de uno, pero ¿somos consecuentes en respetar dicho paraíso? La respuesta, desgraciadamente, no es afirmativa. No nos cuesta nada convertir un barranco en un vertedero, ni un jardín en un contenedor gigante. Y, desde mi humilde punto de vista, tiene que ver con aquello que decía en el título; lo que hay fuera de nuestro hogar nos importa muy poco, sin darnos cuenta de que es “nuestra casa fuera de casa”. Se ve la calle como algo ajeno a nuestro deber y es ese motivo principalmente por el que tiramos las cosas al suelo sin pensar en el mal que ello pueda provocar. Incluso soltamos expresiones como “tirar la basura al suelo da trabajo”, entiendo que para excusarnos por nuestro mal hacer y sin entender lo absurdo que resulta.
Ya decía al principio que es la administración la que ha de aportar la mayor cantidad de mecanismos, pero no puede salir bien si no hay un cambio sociológico que considere igual de importante lo que haces dentro de tu casa como lo que haces fuera. Hay lugares del mundo en los que prácticamente no ves un papel en el suelo, porque ya tienen interiorizado el respeto a su entorno, porque consideran suyo lo que hay más allá de las puertas de sus hogares y, como tal, lo cuidan. Aquí hay mucho por recorrer; como ejemplo, recuerdo que, más allá del ámbito político, decidí como nerjeño poner un cartel en un jardín público en el que los dueños permitían a sus mascotas hacer sus necesidades sin control, llegando a haber un olor muy desagradable en las cercanías del jardín. Pues bien, no sólo no conseguí que se llevaran a sus mascotas a otros lugares, sino que alguien llegó a ofenderse de tal manera que recibí alguna que otra palabra incómoda.
En definitiva, cuando nos quitemos de la mente la idea de que “la calle (al igual que el dinero público) no es de nadie” y empecemos a pensar en que los espacios (y el dinero) públicos son de todos, puede y solo puede que nuestra sociedad dé un paso muy importante para cambiar a mejor. Y es que es imposible decir, por un lado, que vivimos en el paraíso, y por el otro considerar una calle, un jardín, o lo que sea, el lugar idóneo para tirar nuestra basura. 




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