Dana Leonte desapareció solo tres horas después de denunciar el robo en la cochera de su casa

El novio de la joven asegura que la aplicación de WhatsApp del móvil de ella estuvo activa este miércoles y que eliminó su foto del perfil, publica Diario Sur

Un mes después, el paradero de Dana Leonte (31 años) sigue siendo una incógnita. Los esfuerzos de la Guardia Civil, que la catalogó desde el primer minuto como una desaparición inquietante, no han permitido –por ahora– arrojar luz sobre el destino de la joven rumana, cuya pista se pierde entre el 12 y el 13 de junio en su vivienda en la localidad malagueña de Arenas, que compartía con su novio, Sergio Ruiz (37), y la hija de ambos, que solo tiene siete meses.



La pareja de Dana fue, precisamente, la última persona que la vio aquella noche. SUR ha reconstruido, a partir del testimonio de Sergio y de la investigación de la Guardia Civil, esas últimas horas de la joven, que desapareció en el contexto de un robo en la cochera de su casa que acababan de denunciar mediante una llamada de teléfono al cuartel de la Benemérita.

Aquel día, Dana volvió a su domicilio sobre las seis de la tarde, al acabar su jornada en el bar que había abierto en Vélez-Málaga. Al llegar, observó que la cerradura del portón marrón de la cochera había sido forzada. Al parecer, llamó inmediatamente a Sergio, que pidió permiso para salir un poco antes de su trabajo en un polvero de Vélez-Málaga y avisó a la niñera que cuida de la hija que tienen en común para advertirle de que iba a recoger un poco más tarde a la cría.

La pareja telefoneó a la Guardia Civil para denunciar el robo. Una patrulla acudió al lugar pasadas las siete de la tarde y comprobó que, efectivamente, la puerta de la cochera había sido manipulada y que el interior de la misma estaba revuelto. Sin embargo, no accedieron a la vivienda. Dana y su novio echaron en falta algunos enseres, como unas monturas para el caballo que pertenecían al padre de Sergio y algunas balas de paja, entre otros efectos. Para la pareja, estaba clara la autoría, y así se lo hicieron saber a los agentes, que les invitaron a pasarse por el cuartel para denunciarlo. Sergio dejó un saco de sal para bloquear la puerta, que se quedó sin cerradura y que aún permanecía cuando la Guardia Civil registró el inmueble dos semanas después de la desaparición.

A partir de ese momento, en el que la patrulla se retira del lugar, el relato corresponde únicamente a la versión que el novio ofreció a los investigadores. Según la declaración de Sergio, dado que sospechaban que su familia estaba detrás del allanamiento, le dijo a Dana que iba a desplazarse a Vélez para echar un vistazo al vehículo de su cuñado –marido de su hermana– por si había restos de paja que lo delataran. Después, se pasó por la casa de la niñera para recoger a la pequeña y, siempre según su versión, volvió con ella a Arenas.

En ese lapso de tiempo, la pareja intercambió algunos mensajes que están siendo investigados por la Guardia Civil para comprobar si la redacción de los mismos coincide con el modo de escribir de Dana, ya que fueron enviados desde su teléfono la noche de autos. Sergio fue quien aportó esos whatsapp a los investigadores, puesto que el terminal de la joven rumana no ha sido localizado tras su desaparición.

A las 19.59 horas, se remiten desde el móvil de Dana los siguientes mensajes: –«Sergete. Yo voy a mirar porai (sic). Y (…) me tiene todos los días pidiéndome el dinero k me presto. Ma amenazao. Se lo diré a (…) el sargento. K me exe un cable».

–«Vale. Yo voy adar una vuelta aver si veo algo de lo k nos an rovao. Un beso. Te amo», responde Sergio a las 20.08 del día 12 de junio.

–«Vale. Nos vemos ala noche, no me yames», contesta ella.

–«No te fíes de nada», termina él.

Quince minutos después, Sergio habría iniciado otra conversación.

–«Dana donde tas».

–«Tengo mucho miedo. Evisto un coche raro. Amigos de (…). Eso son mafias para que le page. No puedo más».

A las 22.10, Sergio asegura haber recibido los últimos whatsapp desde el móvil de Dana, con el siguiente contenido:

–«Tecate (se entiende que quería decir llegaré) tarde. Te amo sergete. Pásate por el bar y que te de la caja al cierre o que se jefe (sic) con algo de cambio y te dé el dinero. Si k comprarle la papilla ala bebe».

A las 22.35, le envió dos emoticonos con el símbolo de un corazón. Un minuto después, se produjo su última conexión a la aplicación.

Al menos, hasta este miércoles, cuando el móvil de la joven rumana, que Sergio tiene guardado en la agenda como ‘Mi Dana Mia’, volvió a estar activo, según él. «Acabo de avisar –anteayer, sobre las siete de la tarde– a la Guardia Civil. Yo sé que se ha escondido y ahora ha encendido el móvil. Lo pone ‘en línea’ (lo que indicaría que tiene abierta la aplicación de WhatsApp), lo quita, lo pone. Ha quitado la foto (del perfil de WhatsApp). Donde esté, está dando señales de vida», contó Sergio a este periódico. A las 18.45, él le escribió, literalmente: «Hombre. No te da verguenza. Dejar a (el nombre de la niña). ??? Y todo lo que as liao ??? Donde estas». No hubo respuesta.

Todas las hipótesis abiertas
A partir de ese momento, se activó la maquinaria de una investigación extremadamente compleja. Y lo es porque no hay un móvil claro en la desaparición y la frase hecha de «todas las hipótesis están abiertas» es más cierta que nunca. Desde una fuga voluntaria hasta un crimen con un trasfondo personal, económico o sexual, lo que abre un abanico de posibilidad respecto a la autoría, que puede ir desde su entorno más cercano hasta un delincuente oportunista.

El 26 de junio, la Guardia Civil registró durante siete horas la casa de ambos (Sergio accedió voluntariamente a que lo inspeccionaran, aunque finalmente se efectuó mediante una orden judicial), donde se tomaron diferentes muestras y restos biológicos que están siendo analizados en los laboratorios del Servicio de Criminalística de la Benemérita. A falta aún de los resultados, no se apreció, al menos inicialmente, que el inmueble haya sido el escenario burdo de un crimen. Sergio había limpiado con lejía. Alegó que lo hizo para repeler las hormigas.

Desde aquel día, las sospechas sobre Sergio se acrecentaron y los medios de comunicación se instalaron en Arenas para hacer seguimiento del caso. Tras el registro de la vivienda, los agentes de la Benemérita empezaron a peinar los alrededores de la misma, estableciendo cuadrantes de búsqueda cada vez más amplios. De hecho, en aquellos días se produjo una situación extraña que no pasó inadvertida para los investigadores. Mientras una patrulla recorría los alrededores del castillo de Bentomiz, un lugar frecuentado por la pareja (a tenor de las fotos que subieron a las redes sociales) situado frente al casco urbano de Arenas sobre una montaña de 711 metros de altitud, se encontró a lo lejos con un joven que, al verlos, salió corriendo. Pero los guardias civiles pudieron reconocerlo. Era Sergio. Aquel día no lograron contactar con él, pero a la mañana siguiente se pasó por el cuartel, donde le pidieron explicaciones por su huida. Dijo que había ido a Bentomiz porque estaba «agobiado» y no sabía dónde meterse, ya que había periodistas permanentemente en la puerta de su casa y que ya se habían presentado incluso en su trabajo.

Una vida complicada
Pero lo que verdaderamente dificulta la investigación es la vida «complicada» de Dana, que además era muy activa en redes sociales, al igual que su novio, lo que abre de par en par la puerta a otro entorno desconocido: el mundo virtual. Al parecer, la joven rumana no tenía buena relación con su familia ni tampoco con la de Sergio, a quien hace unos meses llegó a denunciar por malos tratos, aunque el caso al final fue archivado. Durante ese tiempo, el joven vivió con sus padres, quienes le ayudaron con los gastos de su defensa y no vieron con buenos ojos que, al ser exonerado, volviera inmediatamente con Dana. Durante el litigio, ella se había quedado en la casa donde convivían, construida sobre unos terrenos propiedad del padre de Sergio, quien tampoco aceptaba a Dana por el modo en que trataba a su otra nieta, la primera hija de Sergio, de unos 10 años. Al parecer, cuando la niña los visitaba, tenía problemas con Dana porque no le dejaba ver dibujos animados o la trataba con desdén. La noche que desapareció Dana, varias personas ubican a su suegro en un bar del pueblo.

En su círculo laboral también abundan los problemas. Era «buena trabajadora», como la definen en empleos anteriores, siempre en la hostelería, y decidió montar su propio negocio. Dana estaba asfixiada por las deudas. No era capaz de devolver los préstamos que le hicieron para abrir el bar. Debía las cantidades más importantes a dos personas, aunque los investigadores han podido constatar que iba pidiendo sumas menores a sus conocidos para ir haciendo frente a los gastos corrientes. También había tenido un desencuentro los días previos a la desaparición con una exempleada que le reclamaba dinero.

El llamado prestamista quiso aclarar a una periodista de Espejo Público que no es tal, que su profesión es otra, y que lo único que ha hecho, en esta y en alguna otra ocasión, ha sido dejarle dinero a un conocido, «independientemente de que sea hombre o mujer». Este último insistió en que Dana no quería ser madre por las ataduras que conlleva. «El móvil de la desaparición guarda más relación con el descontento social y familiar que le rodea», dijo una de las personas a las que Dana debía dinero.

La teoría de Sergio es que su situación económica le habría empujado a quitarse de en medio. «Yo estoy tranquilo», dijo a los medios cuando la Guardia Civil registraba su casa. «La ha presionado mucho el prestamista, por eso se ha ido». Según su novio, Dana debía 15.000 euros y le había dicho que iba a volver a Rumanía en autobús para no dejar rastro. «La gente sabe acusar muy pronto, hay muchos jueces. Ahora se van a tener que callar todos», manifestó Sergio a SUR tras ver el móvil de Dana encendido: «Toda España me va a pedir perdón».

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