Amar los libros, pregón de Margarita García Galán en el II Pregón del Día del Libro de Vélez-Málaga

Pregón íntegro de Margarita García-Galán con motivo del Día del Libro en Vélez-Málaga

La habitación infantil se llenaba de luz a esa hora tranquila de la siesta. El sol del verano calentaba los cristales de la ventana por donde yo veía el lento caminar de la pequeña tortuga que vivía a mi cuidado en la terraza. Ella se refugiaba del calor en un oscuro rincón esperando el fresquito de la noche, y yo buscaba también el refugio íntimo de mi cuarto para pasar esas horas perezosas de las tardes del verano. Tumbada en mi cama de madera  me perdía entre historias y personajes que me aislaban del calor y del tedio, y llenaban mi mundo de magia. De repente me veo en el espejo del viejo armario, que me devuelve la imagen de una niña con trenzas, con los ojos fijos en algo, ensimismada con las peripecias de un conejo de ojos rosados y reloj grande que siempre tenía prisa: “Dios mio, Dios mio, llegaré tarde…”
Mi habitación se llenaba de gatos, reinas de corazones y personajes que se decían cosas absurdas, y a través del espejo me voy, de la mano de una niña que se llama Alicia, y casi me ahogo con ella en un charco de lágrimas. Tengo en mis manos algo mágico que me lleva, por un país de maravillas, a olvidarme del tedio, del calor y del tiempo… Estoy leyendo. Tengo en mis manos un libro. Fue uno de mis primeros libros, que formaban, entre otros tantos de lecturas infantiles,  una hilera de color en mi mesita de noche, junto a un montón de tebeos, empalagosas novelas de amor y aquel libro omnipresente, lleno de rimas y leyendas, que me enseñó a amar la poesía.
El romanticismo de Bécquer me veía cada noche apagar la luz de la lamparita y cerrar los ojos para dormir y seguir soñando versos. Soñaba con ellos, con los personajes que acompañaban mis horas de soledad y hacían posible que cada minuto fuera diferente. A veces me transportaban a lejanas tierras donde, en nombre de Thor y Odín, los vikingos libraban cruentas batallas, y un apuesto capitán ponía su honor, su amor y su espada a los pies de su amada reina de Thule. Los tebeos despertaron en mí la afición por la lectura. Con ellos, sin salir de mi habitación, vivía cada semana una aventura diferente. Los leía y releía hasta aprendérmelos de memoria, hasta que otras historias menos infantiles empezaron a interesarme. Así llegaron a mis manos, desde el fondo de un baúl casi olvidado, aquellos tomos gruesos con las tapas gastadas y las páginas amarillentas, que olían a viejos y tenían el atractivo añadido de que eran “para mayores”. No son lecturas para niños –me decían en casa– pero yo me sabía el escondite de aquel tesoro escrito y cuando tenía la ocasión me paseaba, en las alfombras mágicas de sus páginas, por los vertiginosos mundos de Sherezade. Mil y una noches pasé a su lado. Ella, ganando tiempo, contaba historias al Visir; yo,  perdiendo el tiempo, pasaba el tiempo deleitándome con ellas. Leyendo. 
Mi mesilla de noche se iba llenando de libros; en un particular orden de prioridades pasaban delante de mis ojos una y otra vez, y me fui acostumbrando a ellos, a sentir su peso en mis manos, su tacto en mis dedos, y a su olor a papel. Siempre había un libro con una historia parada en una página cualquiera que me esperaba al volver a casa. Los personajes me hablaban, entraban en mi vida a través del papel y mi empatía con ellos agrandaba mi mundo más y más. Leyendo era Alicia, Sherezade o la dama de ojos verdes como el mar que enamoraba a un poeta sevillano. La lectura se me hizo necesaria, imprescindible, y el libro pasó a ser el amigo fiel,   inseparable, ese que no te falla nunca, como dice Manuel Alcántara. Los libros crecían, se amontonaban en escalera multicolor y eran testigos mudos de cómo aquella imagen que me devolvía el espejo iba cambiando de aspecto. Las trenzas desaparecieron y la niña dejó de ser niña.
Soñando con príncipes azules leía Cuando pasa el amor y señalaba con lápiz rojo-pasión las frases que me gustaban, aquello que me emocionaba o me hacía suspirar. Empezaba para mí una época romántica, y  buscaba libros que me contaban historias llenas de romanticismo, que me hacían entender lo que le estaba pasando a mi sensible corazón. Los elegía a través de una revista que me los traía a casa con regularidad, bien envueltos y oliendo a nuevos. Angélica, Madame Bovary, La Regenta, Una grulla en la taza de té, Cumbres borrascosas…Mi habitación se llenaba de libros leídos y vividos; algunos releídos, y otros, lo confieso, cerrados sin terminar. 
Y entonces llegó a mis manos una explosión de realismo mágico. Cien años de soledad llamaba a mi puerta, sin saber que se convertiría por derecho en el libro que más me marcó. Gabriel García Márquez entraba en mi vida y me enseñaba la magia de su prosa, y  aquel pueblo encantado lleno de personajes inverosímiles que hacían real lo irreal. Antes de Cien años de soledad buscaba libros que yo entendía que eran buenos, entretenidos; después de empaparme de Úrsula, de Aureliano Buendía; de pasear Macondo con sus petirrojos y sus flores amarillas, me volví mucho más exigente: ahora buscaba libros que me hicieran pensar. Que me hicieran sentir. Libros vivos por los que no pasa el tiempo. Libros que te dejan huella. Libros a los que vuelves una y otra vez.
Un mundo feliz, La familia de Pascual Duarte, Juan Salvador Gaviota, Gog, El libro Negro….,títulos  entrañables que vivieron conmigo la adolescencia; que me esperaban al llegar a casa cuando volvía, feliz, soñando amores, después de pasear las tardes de verano con esos amigos nuevos que se convirtieron pronto en amigos para siempre, como diría muchos años después en su libro, uno de esos amigos especiales con los que compartí paisajes y sueños de juventud. De las lecturas de aquel tiempo guardo un especial recuerdo. En prosa o en verso, estaban llenas de amores trémulos, de pausas y de suspiros .Yo leía y leía, paraba, imaginaba, cerraba los ojos y soñaba. Y terminaba abrazando el libro.
El Don apacible acompañó muchas tardes de mis veinte años; aquella obra de Míjail Sholojov que me regaló un tío mío, sacándolo de su propia biblioteca porque me gustó el nombre, me llevaba, a través de sus tomos gruesos, a vivir ambientes fríos, gélidos; leyendas y pasiones de cosacos que no eran tan apacibles como el río que les veía vivir. El Don serpenteaba, sereno, en el silencio de mi habitación salpicándome de historias rusas en su discurrir helado; contagiándome su frío y su paz. Navegando entre cientos de páginas, su caudal de palabras hacía también apacible mi tiempo de lectura.
Los libros coloreaban mi alrededor. Pasaba el tiempo, cambiaban ellos, y cambiaba yo. De leer tranquilamente, sin horas, pasé a leer cuando podía; mientras mecía una cuna, de madrugada, o cuando los niños estaban en la escuela. Después vendrían otra vez los cuentos, los primeros libros infantiles, que volví a leer esta vez para esos niños a los que yo intenté transmitir el amor a la lectura. Cenicientas y princesas; brujas y príncipes que se convertían en ranas; Peter Pan en su país de Nunca Jamás, y aquel inolvidable Principito que nos decía que cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol. Desde su planeta mágico de flores y baobabs veíamos con él ponerse el sol cuarenta y tres veces. Los niños y yo aprendimos con El Principito que lo esencial es invisible a los ojos.
En aquel tiempo llegó a mis manos otro libro que me impactó: Memorias de Adriano. A través de ellas conocí su vida y me impregné de su hermosa filosofía: La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana…, en cambio la vida me aclaró los libros.  Adriano me hacía pensar. También aquella Mazurca para dos muertos que me llevó bailando, a ritmo de Cela, por una historia tremenda. Gala, García Márquez, Marsé, Huxley, Papini…, Neruda me enseñaba su bosque chileno y me cantaba su canción desesperada; Julieta se asomaba al romántico balcón de Verona donde Shakespeare la imaginó,  y Walt Witman se cantaba a sí mismo y su música en verso me alegraba el alma. Recuerdo que empecé a elegir mis libros en las librerías; ahora me gustaba más recorrer las estanterías, mirar lo títulos sin prisa, ojearlos uno a uno hasta elegir el que me sugería algo, el que me atraía más. Recorrer las librerías era un placer añadido; los libros ya no venían a mí por correo; ahora los buscaba yo mirándolos, tocándolos, leyendo alguna página elegida al azar: “Él no hacía más que mirarme. Le conté que las mandrágoras gritan cuando se las arranca, le hablé del aire y del agua y de las flores…”, me lo decía la mujer a la que abandonaron en la Calle de las Camelias. Así conocí la escritura de Mercé Rodoreda, y me entusiasmé con ella y con su Colometa de La plaza del diamante. Libros, libros, libros…, palabras escritas que me acompañaron ayer y que siguen hoy distrayendo mi tiempo. La lectura sigue siendo una de mis pasiones. 
Saramago, Delibes… Khaled Hosseini con sus cometas y sus soles espléndidos,  y aquella Paula de Isabel Allende que me hizo llorar. Soñar en verso atardeciendo con el mar de Joaquín Lobato. Pasear del brazo de la filosofía por los Claros del Bosque de María Zambrano… De todos aprendí, como aprendo ahora con esos libros entrañables, interesantes, que nos hablan de nuestra tierra, de esta Axarquía diversa que nos ve vivir. Aquel amigo que conocí cuando el realismo mágico me envolvía, se ha convertido en un escritor incansable que no nos deja tiempo, casi, para acabar su último libro, cuando ya tiene otro a punto de salir al aire. Paco Montoro se ha empeñado también en la noble tarea de editar libros. La espléndida colección Libros de la Axarquía es un auténtico regalo para el lector y para los que amamos esta tierra. A través de ella conocemos sus senderos, sus calles, sus batallas, sus gentes…, y acabamos amándola más. Para mí es un orgullo que  unas miradas al mundo que escribí desde el color, vuelen también junto a otros libros de esa  colección tan importante.
Si Cervantes, nuestro más grande y universal escritor, en memoria del cual se celebra este hermoso día, levantara la cabeza aquí y ahora, pensaría que no se equivocó cuando dijo aquello de que “a buena parte nos ha conducido…”, y vería que, aun en tiempos difíciles, en un mundo cada vez más convulso y desconcertado, en la hermosa tierra de Vélez-Málaga unos cuantos “locos” de la cultura, que escriben, que editan, que aman la literatura; que sueñan todavía, se reúnen en la Peña Flamenca, entrañable templo del cante, para hablar de libros, para oír esa palabra escrita que nos enseña a escuchar la voz humana. Que nos abre la mente. Que nos descubre el mundo. Que nos hace ver gigantes en vez de molinos. Seguramente no soy una lectora típica, no leo cualquier libro ni muchísimos libros, y hasta me permito dejar alguno sin terminar, pero me gustan los libros. Amo los libros. Y el tiempo que paso con ellos es un tiempo de paz, de elocuentes silencios compartidos, absolutamente gratificante. Leer a la sombra de un árbol; en la orilla de un río cristalino; cruzando las nubes en un avión, o en la cubierta de un barco entre los azules del cielo y del mar… Olvidarse de todo en soledad dejando que el libro nos hable.
Jugando con ellos pasé la infancia; soñando con ellos sentí el vértigo de la adolescencia; junto a ellos disfruté la  serena madurez que me hizo valorar lo esencial. Y con ellos sigo ahora, cuando ya muchas de las  cosas que fueron  importantes, han dejado de serlo, y otras, esas que no se ven, me importan cada vez más. Buena parte de lo que soy, se lo debo a los libros, a mi  intimidad con ellos, a ese nexo de unión sutil, indeleble, entre los ojos y las letras; entre el alma y el papel. Un libro sería, sin duda, junto a una música y un afecto irrenunciable,  una de las cosas que me llevaría a una isla desierta. A través de los libros conocemos el mundo, “el alma de las cosas y de los pueblos”, que dice Paco Montoro. Aquella niña que buscaba un refugio para aislarse del calor y del tedio viviendo la fantasía de un sueño en el país de las maravillas, sigue hoy intentando ponerse a salvo de un mundo que va perdiendo color; que pudiendo ser maravilloso, es cada vez  más frío  y más gris. Un mundo donde la realidad supera, a veces, lo absurdo del cuento; donde ni siquiera las puestas de sol suavizan la tristeza;  Más que nunca, el libro es ahora un bálsamo para el espíritu. Un lugar seguro para evadirse, para escapar del desasosiego que nos hace infelices. El libro es el refugio.
Agradezco a la SAC, a la Peña Flamenca, al Departamento de Cultura del Ayuntamiento de Vélez-Málaga y a Paco Montoro, que me hayan regalado el placer de poder cantar a los libros con este pregón que no es otra cosa que una declaración de amor a la lectura. A pesar de que corren malos tiempos para casi todo, también para la lírica, todavía quedan soñadores que se empeñan en seguir apostando por ella, fomentando la lectura, escribiendo libros, editando libros. Ellos son verdaderos quijotes de la cultura.
Con un libro y una flor de abril celebramos este hermoso día. El libro nos enseña el alma de las cosas; la flor nos recuerda que, a pesar de todo, las primaveras seguirán floreciendo.



Heladería Buenavista

Un mar de sensaciones en una de las heladerías más populares

Calle del Mar, 74, 29740 Torre del Mar, Málaga

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